26 nov. 2007

Opinan los escritores

Mejor estar lúcido
Por Diego Paszkowski

No creo que las drogas favorezcan la creación artística, sino más bien todo lo contrario. Suelo recomendar a mis alumnos que no las usen, y mucho menos para escribir: las oraciones y las escenas que en un estado parecen tener sentido, dejan de tenerlo cuando aquel estado se pierde. Creo que los grandes artistas son grandes artistas más allá del uso de drogas, e incluso a pesar de ellas. Hay muy buenos escritores (y músicos, pintores, etc.) que emplearon o emplean determinados estimulantes, la marihuana entre ellos, pero también el alcohol y las drogas duras, para aplicarse a su trabajo artístico; muchos otros, también muy buenos, no los emplean, lo que demuestra que los estimulantes no hacen la diferencia. Podría decirlo así: alguien que escribe mal, luego de fumar marihuana también escribirá mal. Uno de mis personajes de Tesis sobre un homicidio, el viejo abogado Roberto Bermúdez, es poco menos que alcohólico, y algunas de sus escenas están pobladas de las imágenes absurdas que produce el alcohol. Pero al momento de escribirlas yo no bebía, como él, whisky J&B, sino lo que bebía otro de mis personajes de la misma novela, el joven abogado Paul Besançon: tomaba té Earl Grey, de Twinings. Escribir ficciones consiste muchas veces en “engañar al lector”, en hacerle creer que algo que no es cierto en verdad existe. Y para eso, según creo, es mejor estar lúcido.

Diego Paszkowski nació en Buenos Aires, en 1966. Ganador del Premio de Novela del diario La Nación por Tesis sobre un homicidio (1999) y autor de El otro Gómez (2001). Dirige las colecciones "Nuevas Narrativas Argentinas" (Sudamericana) y “Narrativa Joven” (Libros del Rojas / Clásica y Moderna).




El pot eficaz
Por Luisa Valenzuela

Habría que hablar de la marihuana y su circunstancia, porque no todo es fumarse un porrito y ponerse a escribir. Ojalá fuera así la cosa, en cuyo caso yo no estaría sufriendo más la falta de impulso que siento ahora, el conocido bloqueo.
Como cada novela encuentra su tiempo, y hasta su hora del día para ser escrita, hubo una que encontró su sustancia, su base de asentamiento, valga la paradoja cuando de humo se trata. Porque se acababa la famosa década del 60, seguía la guerra en Vietnam, estábamos confinados - un grupo grande de escritores - a una universidad del Medio Oeste norteamericano con una espléndida beca para escribir pero la neurosis ambiente ganaba la partida. Eso sí, no había fiesta o reunión informal donde no circulara el pot. Amenizaba las veladas. No por eso los sudamericanos dejaban de hablar de la muerte, tema que creí ajeno a mis preocupaciones inmediatas hasta que empezaron a fluir –no encuentro mejor palabra—unos textos que al principio me resultaron extrañísimos y después exhilarantes, llenos de humor negro y felices morbosidades. Obra que concluí en Buenos Aires y acabó llamándose El Gato Eficaz. No quiero decir con esto que escribía fumada, todo lo contrario. Ni siquiera sé si se puede. Quiere decir que la marihuana, en ese tiempo y lugar, me abrió una compuerta hacia zonas inesperadas de mi cerebro a las que me fascinó acceder. No me disgustaría volver allí, pero sé que ese allí ya no existe, fue una conexión más de las que se arman para generar una obra determinada y después se cierran, no tanto por agotamiento sino porque todo se transforma y no hay sustancia que valga.

Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires. Su extensa obra comprende: Hay que sonreír, El gato eficaz, Como en la guerra, Cola de lagartija, Novela negra con argentinos, Realidad nacional desde la cama y La Travesía, entre otras novelas, ensayos y cuentos.




Las buenas compañías
Por Vicente Battista

Que arroje la primera piedra quien nunca haya fumado un porro. Aunque sólo fuese por curiosidad, en algún momento de nuestra vida estuvimos en una rueda de amigos compartiendo ese cigarrito armado minutos antes. Se trataba de darle una pitada profunda y luego pasarlo a nuestro vecino o vecina. Una ceremonia colectiva que se parece mucho al rito del mate: también se pasa de mano en mano, se respetan los turnos y se toma con la certeza de que la vamos a pasar bien. No es casual que yerba sea uno de los nombres de la marihuana.
A la hora de escribir suelo buscarme buena compañía. Invariablemente están conmigo Mozart, Miles Davis, Bach, Piazzolla, Vivaldi, Troilo, John Coltrane y Charlie Haden. También preparo una pipa cargada con Balkan Sobraine o mezcla parecida y el termo con el mate. Las palabras tienen música y secretamente las Variaciones Goldberg, Adios Nonino o Kind of blue ayudan a mejorar esa música. Por su parte, la pipa y el mate me ayudan a pensar.
Una tarde de hace muchos años decidí incorporar la marihuana a ese grupo de colaboradores. Lo hice por curiosidad. Baudelaire y sus Paraísos Artificiales, todo el láudano bebido por los románticos, Kerouac y Bukowski, para no abundar en ejemplos, avalaban mi decisión. Armé un porro y luego de varias pitadas comencé a viajar. Puse papel en la máquina (aún no se conocían las PC’s) y me dispuse a volcar mi experiencia. Fue lamentable. No pude articular una sola frase coherente. Había ingresado en ese especial grado de estupidez a la que te llevan la droga y el alcohol mal bebido. No estaba en condiciones de crear nada; ni siquiera contar la experiencia de ese instante. Habían desaparecido la música de las palabras y el placer de un buen tabaco. Tiré lo que quedaba del porro al inodoro, regalé la marihuana que me sobraba y desde entonces continúo trabajando, escribiendo, en compañía de la buena música, el buen tabaco y la buena yerba, pero no la que se vende en secreto sino la que se puede comprar en cualquier almacén o supermercado.

Vicente Battista nació en Buenos Aires, en 1940. Su primer libro de cuentos, Los muertos (1967), fue premiado por la Casa de las Américas y el Fondo Nacional de las Artes. Es autor de Siroco (1985), El final de la calle (1992), Sucesos Argentinos (1995) y Gutiérrez a secas (2002), entre otros.




Fuera de la lógica
Por Dalmiro Sáenz

La marihuana es incursionar dentro del pensar, entrar en un mundo mágico que genera una inteligencia nueva. La inteligencia es la capacidad de relacionar cosas al servicio de un objetivo. En Palo Alto, California, que es el grupo humano que más se ha ocupado del pensar, confían mucho en la timba de la vida, en el azar. Por eso, no les interesa que la gente sepa mucho, sino que piense. Esa timba de las posibilidades y de las ideas es el idioma de la marihuana. La especie humana le debe al alcohol o la marihuana una maravillosa cantidad de ideas que nos liberan de una estructura de pensamiento. Uno progresa con cualquier cosa que se escapa de la inercia cultural. Por eso los artistas son personas tan difíciles, que tienen conflictos con sus parejas o consigo mismos, y que terminan en la locura o el suicidio. Tienen el coraje de desafiar la inercia cultural. Los pueblos felices no tienen arte; el arte nace del enfrentamiento. La grandeza del hombre viene del caos y la marihuana es un caos que uno puede meter dentro del orden. Pero, tiene mala prensa porque el poder no la puede encasillar. La marihuana se va por fuera de la lógica. El arte se nutre del caos, pero eso no significa que la cosa caótica de por sí tenga caos. Tiene que haber intención de algo, y la marihuana es algo que uno toma la decisión de usar. A mí no me gusta nada para coger, porque es un gozo parecido a la masturbación, donde no compartís mucho. De todas las drogas, es la menos erótica. Pero la marihuana es liberación. El hombre desea ser libre, pero tiene miedo porque la libertad tiene su dictadura y su prepotencia. Sin embargo, cuando el hombre se equivoca por excesos es mejor que cuando se equivoca por defecto. Que se pase de vivo en la búsqueda de cosas, es la grandeza del hombre.
Entre mis alumnos, la marihuana se usa. Pero también he visto gente que escribe con éxtasis, y era como una especie de marihuana más mansa. Yo creo que cualquier droga es ideal para escribir, pero solo si alguien supiera la cantidad exacta que necesita. En ese caso, la marihuana, el éxtasis o la cocaína pueden ser maravillosas. Entre no tomar nada y tomar una droga, siempre es mejor la droga. Cualquier cosa que te alborote es bueno.

Dalmiro Sáenz nació en Buenos Aires en 1926. Su libro de cuentos, Setenta veces siete, ganó el Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un best-seller. Publicó No, El pecado necesario, Carta abierta a mi futura ex mujer, Yo también fui un espermatozoide, Las boludas y La Patria equivocada, entre otros.



Apología del arte
por Alexis Leiva


“Y te snifan la cabeza, una y otra vez, una y otra vez”... drogas y más drogas. Es una cuestión de larga data. Lo malo de las drogas es el exceso. Lo malo de todo vicio es el exceso... Los sabios griegos tenían a la prudencia como una cualidad superior, y en esto quiero centrar mi análisis de las drogas y la literatura.
Para escribir literatura no es necesario ningún estupefaciente, pero también es cierto que las drogas y su consumo vicioso son una realidad. Los artistas consumen drogas en igualdad de proporción que cualquier otra persona de la humanidad, ni más ni menos. Un arquitecto puede ser un fucking drogón y por eso no es menos ni más arquitecto. Un medico puede consumir drogas indiscriminadamente y no por eso es menos medico. Un artista, dijo don Wilde, puede contarlo todo. En el sentido del arte, es tan valido que un escritor escriba sobre cosas moralmente aceptadas como no. Y en este mismo sentido, las drogas como las miserias humanas, (gracias Oscar, otra vez) son materiales para un artista. Lo importante es no ser hipócritas con respecto a esto. Si aceptamos que un escritor hable de un asesino o violador sin que por esto nos horroricemos, deberíamos actuar de la misma forma con un escritor que cuente sobre las peripecias desafortunadas o no de un adicto.
Las drogas son un tema absolutamente personal en el plano de lo moral. Cada uno es dueño de arruinarse la vida como más le guste. Pero en un artista, esto no debería ser una razón para degradar su arte en el sentido estético. Todo artista que por causa de las drogas (y entiéndase que al decir “drogas” hablo de las legales como de las ilegales) lastima su estilo y su obra, comete un grabe pecado contra las musas.
Esta moda de la vida sana que nos impera, falla cuando de esta misma vida sana se hace un exceso. Cuando se desprecia irracionalmente la libertad de experimentar otras sensaciones que nos permitan aperturas a otros planos de la realidad, nos vemos inmersos en un vaciamiento hasta lo anodino de lo que es la totalidad de la vida.
La vida es amplia y tiene millones de matices, y los artistas deberían estar siempre a la vanguardia de las cosas, yendo al frente para volver y contar lo que se vio allá adelante. Pero de cada artista depende la capacidad o el aprendizaje de encontrar un equilibrio, una prudencia sin la cual estaríamos atacando al arte en vez de favorecerla.
Muchos de mis personajes son consumidores de drogas, pues con esto demuestran su capacidad de experimentar y buscar en los rincones prohibidos. También son grandes observadores de sus propias miserias y defectos, pero siempre con la intención de bucear en la naturaleza humana... hasta en los rincones más oscuros.
Con esto intento hacer apología solamente del arte y no de las drogas. Pero que las hay las hay... snif, snif.

Alexis Leiva es autor de Grietas. Su blog es http://grietas-protohumano.blogspot.com