21 nov 2008

CRÍTICA/ Grietas, de Alexis Leiva

Hay una literatura que pasa por el mercado editorial. Y esa literatura a veces es muy buena, a veces es aceptable y otras veces es una completa basura que - sin embargo - deleita los bolsillos de los mercaderes de cultura. Las vías para alcanzar la publicación en alguna de las editoriales que pertenecen al mercado suelen ser ganar un premio literario, tener algún amigo sentado en el sillón adecuado o garantizar - por portación de nombre o de título comercial - cierta cantidad de ventas. También existen algunas editoriales independientes que se dedican a rastrear los nuevos talentos. Aunque, muchas veces, estos nuevos talentos son también los viejos amigos de los editores.

Hay otra literatura que pasa por la capacidad de sus autores de costearse la publicación. Y en este caso también puede ser una literatura muy buena, a veces aceptable y otras veces terriblemente mala. Las vías para alcanzar la publicación en alguna de estas editoriales se reducen a una: tener la plata suficiente para pagar la edición.

Por lo general, los medios especializados suelen desatender por completo las publicaciones de este tipo. Excepto cuando la editorial en cuestión deja una cuantiosa cantidad de dinero en el medio, en la forma de pauta publicitaria, lo más probable es que la crítica sea indiferente a cualquier libro publicado de este modo. Por el contrario, los críticos no tendrán reparos en leer y recomendar cualquier atrocidad que se encuadre en las leyes del mercado (a propósito... curioso caso el del mercado. Las editoriales "del mercado" publican gratuitamente a sus autores. Las otras, las que no pertenecen al mercado, les cobran).

Grietas (Argenta) es el primer libro de Alexis Leiva, un pibe que vive en algún lugar del Conurbano, que tiene un hijo, que es profesor en una escuela, que es enfermero y que además escribe. Y aunque la plata no debe sobrarle, tuvo que juntar la plata de la publicación para hacer por su cuenta lo que ninguna editorial "del mercado" quiso hacer. Y lo que Alexis Leiva quiso hacer es por completo esperable - incluso deseable - en la historia de la cultura de un país. Alexis quiso que su literatura tuviera lectores. Y la literatura de Alexis se merece esos lectores.

Basta leer el título del libro y la contratapa, para darse cuenta de que una novela así jamás podría ser tenida en cuenta por los grandes monstruos editoriales. Y basta leer algunos capítulos para preguntarse por qué motivo la Argentina - como muchos otros países - deja de lado a sus verdaderos creadores y los condena a comienzos tan solitarios y esforzados. Porque Grietas no es el libro de un tachero fantasioso que paga dos mil pesos para contar los travestis que se levantó, ni tampoco es la novela de un súper escritor europeo que gana millones de dólares por cada sujeto y predicado que extiende sobre el papel. Grietas, en cambio, es una novela que, con algo de suerte, tendría el destino de ser considerada una obra de culto.

De escritura por momentos arrebatada y por momentos limpia; psicológica y ecléctica; Grietas funciona como el diario íntimo atormentado de un joven que se encuentra parado en medio de la vida. Un joven repulsivo que, sin embargo, despierta una mezcla de compasión y afecto.

Leiva retrata a su protagonista desde el adentro y así va configurando un afuera que le permite al lector embadurnarse con el mismo lodo que lo desespera. Y si aparece una mujer, el amor es triste; y si aparece una poesía, el verso también está cargado de dolor.

Novela de iniciación (aunque el inicio sea el final), tiene la fuerza de un "fuego sagrado" que pre-anuncia la existencia de un verdadero escritor. Porque Leiva se desenvuelve con soltura en sus textos, combinando recursos y enloqueciendo al lector con su capacidad para provocar ese tipo de rechazo que se vuelve adictivo. Y cuando la necesidad de escribirlo todo le dé paso a la elección minuciosa de la historia que quiera contar y del modo de hacerlo, entonces el espíritu atronador de Grietas se volverá, sin dudas, un canto de sirena en donde se ahogarán muchos otros escritores que no podrán jamás aspirar a ser lo que Leiva empieza a ser.


Enzo Maqueira

12 nov 2008

CRÍTICA/ Turistas, de Hebe Uhart

En una entrevista que le dio a Lea en 2005, Hebe Uhart dijo algo que justifica y reivindica la literatura que propone en Turistas (Adriana Hidalgo), su nuevo libro de cuentos: “Para escribir bien, hay que saber escuchar”. Y Turistas no es otra cosa que un rico compendio de voces que Hebe reproduce con maestría, haciendo gala de un oído atento, pero mucho más de una escritura funcional a las pequeñas historias que cuenta.

Tomando como eje temático – aunque no excluyente - la idea del viaje, Hebe presenta relatos que se destacan por su uso particular del lenguaje (son magistrales los registros de “Stephan en Buenos Aires” y “Bernardina”), la mirada ingenua (“Revista literaria”, “El centro cultural”, “El departamento de la costa”) y, sobre todas las cosas, una sensación de aislamiento que los personajes transitan con curiosidad, temores e ingeniosas observaciones. Este último rasgo parece abarcar, más o menos solapadamente, todos los relatos. Sumando las tres grandes cualidades de Turistas, es claro que el libro representa una nueva y depurada muestra del talento que llevó a Hebe Uhart a ser considerada una de las mejores cuentistas argentinas.
Hebe no escribe como los demás. Sus cuentos no siempre presentan un conflicto claro, a veces no tienen resolución (puesto que no hay conflicto) y en cada uno inaugura un estilo diferente en el cual se mueve con igual soltura. Y es en esa variedad y libertad con la que encara su literatura, donde se encuentra su verdadera riqueza.

Curiosos, originales, solitarios y observadores, sus personajes parecen ser una extensión de ella misma, o cuanto menos de la imagen que de ella tenemos quienes alguna vez la conocimos. Es difícil saber si es Hebe la que protagonizó en la vida real las vicisitudes narradas en “Turismo urbano” (una mujer que se vincula con un grupo de intelectuales inmaduros) o “La excursión larga” (una turista excluida por los viajeros de un tour en Mendoza), pero su cara, su voz y su risa fresca aparecen en cada oración y – siendo Hebe una oradora cautivante – le suman a sus textos un nuevo rasgo de oralidad.

Si escribir bien es, efectivamente, el resultado de saber escuchar a los demás, Turistas representa la cumbre de esa definición: está escrito con la voz de personajes que se leen escuchando la voz de la autora. Ante tanta falsa impostura, lo que Hebe propone no es otra cosa que desplegar en su libro el disfrute y las manías de una amable conversación. Y, como sucede en la vida, pocas cosas resultan más gratificantes que dejarse llevar por lo que sus viajeros tienen para contarnos.
Enzo Maqueira

9 oct 2008

Entrevista a Nicolás Casullo*


Nicolás Casullo falleció el 9 de octubre. La reproducción de la entrevista que se publicara en el número 30 de la revista LEA pretende rendirle homenaje a él y a sus necesarias ideas.


por Enzo Maqueira


Nicolás Casullo está acostumbrado a pensar el país. Desde sus libros (Sobre la marcha, Pensar entre épocas, Modernidad y cultura crítica y La Cátedra, entre otros), supo acompañar el devenir histórico de esta parte del mundo y de otras épocas y tiempos. Fue la suya una de las voces que no se callaron durante los años de vaciamiento cultural de la Argentina. También es suya la voz que se escucha hoy, llena de seriedad e ideas, mientras el país avanza hacia un futuro todavía incierto en donde, sin embargo, parece haber un resquicio para la esperanza.

Pensar la Argentina de hoy implica pensar en el fenómeno piquetero, que a pesar de una mayor o menor presencia mediática sigue siendo un movimiento importante y, sobre todo, aun no resuelto.

El tema de los piqueteros podría merecer varias lecturas, desde la que hacen los medios de comunicación, desde la lectura espontánea que hace esta suerte de fantasmática manera de ser de nuestros sectores pudientes - que en la Argentina y en distintas circunstancias expone, directa o indirectamente, una especie de halo fascistoide - hasta la misma lectura, bastante discutible, que hace la izquierda con respecto al fenómeno. Indudablemente, el piqueterismo es hijo de un largo descenso económico social de la Argentina, pero también un fenómeno que aparece en la agenda de las nuevas problemáticas anti globalizadoras, o que leen la globalización como un fenómeno donde los sin trabajo van siendo progresivamente cuantiosos cardúmenes de poblaciones. O que estudian las variables de esas variables nómades transitorias, o que trabajan definitivamente en la idea de que la sociedad del trabajo es irrecuperable. La famosa edad del capitalismo industrial, el tiempo del keynesianismo evidentemente se ha extinguido y es muy difícil, a partir de la tercer gran revolución tecnológica que afecta a los tiempos productivos, que se reingrese a un tiempo donde el trabajo era el punto culminante para entender la marcha de la sociedad. A tal punto que se decía que una de las estrategias del capitalismo en determinado momento, en determinadas circunstancias y lugares, era propiciar un ejército de reserva para abaratar los costos de producción. Pero, siempre como un elemento accidental. En realidad, la sociedad del trabajo era el modelo donde se desarrolló la modernidad clásica y las ideologías y políticas que responden a esa modernidad clásica, entre otras, las ideas del socialismo y del comunismo que hasta por lo menos fines de los setenta, gravitaron como para entender la escena histórica. Desde esa perspectiva, podríamos decir que sobre el piqueterismo recaen indudables instancias. Algunas armonizan entre mí, otras discuten entre sí; otras, se oponen.

¿Cuáles son esas instancias?

Por un lado, desde la izquierda aparece la idea mítica de que el piqueterismo podría ser el nuevo sujeto o el nuevo actor que adquiere lo que se llamaría la clase trabajadora y el proyecto revolucionario que esta clase involucrada. Cosa que no es para nada así, porque si uno es fiel a las lecturas marxistas y a sus derivados teóricos de primera calidad, precisamente ese encontronazo entre relaciones de producción y fuerzas productivas planteaba la gestación y el definitivo avance sobre la escena histórica de una clase que nos iba a representar a todos en tanto a valores, a que dejaba atrás un mundo y en tanto que superaba los límites claramente de un modelo capitalista. El problema piquetero es exactamente lo contrario. Es muy difícil que el resto de la sociedad se vea o quiera verse en el fenómeno piquetero. Por otro lado, no rebasa el capitalismo, sino que el piqueterismo le estaría diciendo al sistema capitalista global, que ni siquiera responde, o a las variables que él mismo comete. Es decir, el capitalismo, desde una perspectiva obrera, quedaría chico frente al avance de una clase. Hoy parecería ser que el capitalismo, en tanto nivel productivo, le queda excesivamente grande en cuanto a las aspiraciones de trabajo.
Desde el punto de vista de las derechas, esto aparece, en países como el nuestro, como un elemento a temer porque es una de las maneras en donde se expresa más claramente no tanto el carácter de las nuevas multitudes libertarias anárquicas y erotizables, como dirían ciertos teóricos, sino que aparece claramente la respuesta a esta suerte de protesta social de los más victimizados, aparece como gestando durísimas, claras y precisas formas de neofascismo y de actitudes represivas, que son realmente de temer en cuanto al pedido de una sociedad del orden y de la seguridad cueste lo que cueste. Esa es una primera escena de lo que es el fenómeno piquetero. El piqueterismo que nace sobre mediados de los noventa como algo realmente genuino en el que sentido que está destinado al margen de las políticas e ideologías, progresivamente comienza a transitar, primero, una suerte de normalización del piqueterismo. El piqueterismo no es una protesta que rompe sino que más bien es una forma de ver nuevamente la escena, es decir, se perpetúa. Y lo hace en sentido de que muchos piensan que el fenómeno del piqueterismo pueda ser solucionado en una década. Por otro lado, se politiza y comienzan a inscribirse en ese fenómeno sectores de izquierda, de izquierdas insurreccionales, de izquierdas trotskistas, izquierdas anti forma globalizadora, que hacen que la politización, de muchísimas maneras, predomine por encima de una lectura objetiva, real y acorde de lo que significa el fenómeno piquetero.

¿Cuál es el rol de la clase media argentina en la interpretación de este fenómeno?

Yo nunca creí que aquellos cacerolazos de la clase media en diciembre de 2001 y los piqueteros tuvieran la misma lucha. Nunca creí que esa fuese una alianza a largo tiempo. El piqueterismo era el lugar donde con más violencia se rechazaba lo que había sido el modelo menemista, mientras que el asambleísmo estaba formado por los socios de Menem, aquellos que creyeron hasta último momento y por eso dejaron el dólar hasta cuando los bancos y los grandes empresarios ya habían desistido. Esto más allá de cierto frepasismo que encontró una forma de consolar las heridas de un fracaso infernal y más allá de cierto izquierdismo que participaban de las asambleas.
El asambleísmo era ese mundo común e inmediato de la pequeña burguesía y de la burguesía media argentina que de golpe se encuentra injusta y brutalmente estafada y sale de manera desesperada y ciega en tanto se le toca el hecho fundante. Es mucho más lógico pensar, aunque sea humanamente más desconsolador, que un padre va a salir por sus ahorros más que por su hijo muerto. El ahorro toca el centro de una constitución histórica de una subjetividad. La clase media argentina reaccionó ante esto e incluso lo hizo con mucho más templanza que lo que hubiese reaccionado un francés, un alemán o un italiano. Evidentemente, nada tenía que ver esta problemática en una circunstancia como la actual del mundo y de la Argentina, con el piqueterismo o los sin trabajo. Esto fue una confusión de ambas partes. Los piqueteros hacían actos en donde no dejaban entrar a los políticos, ni de izquierda ni de derecha, pero sí dejaban entrar a Nito Artaza y a todos los que se pegaban dólares en la frente. A su vez, desde los sectores asambleístas que estaban preocupados por cómo recuperar los depósitos en dólares que tenían en los bancos, encontraban ocasionalmente que el pobre desheredado podía marchar con ellos. Eso duró poco tiempo y luego se situó en una lógica muy argentina donde hay básicamente una clase media de larga data, asentada y situada con valores absolutamente anti populares, que no quiere saber nada.

¿Por qué terminó aquella época de reclamos en donde parecía que la Argentina se encaminaba hacia un verdadero cambio?

Terminó porque muchos cobraron y otros aceptaron la pesificación. Además, las izquierdas con su metódica de extremar, radicalizar y expropiar las asambleas, las fueron desintegrando. Terminó porque, de alguna manera, todo se estabilizó. La Argentina volvió a situarse. No nos olvidemos que cuando ocurrían las grandes asambleas de la Av. Santa Fe y Scalabrini Ortiz, era gente que empezó a juntarse dos días antes de irse de vacaciones a Pinamar, a Cariló o a Córdoba. Las quejas eran del tipo: “¿Y ahora cómo les pago a mis hijos las escuelas privadas?”. Había mucho de eso. Solamente una izquierda absolutamente afásica como es la Argentina, que siempre está por detrás de la política, podían pensar que eso era la apertura de un nuevo tiempo. No era la apertura sino el punto de cierre desesperado, injusto, violentador, salvaje y desconsolado de un tiempo que se había acabado de la peor manera. Eso se fue disolviendo a medida que se volvió a cierto nivel de sueldos, se recuperó parte del dinero y quedaron los últimos restos de alguna clase media en Palermo, mezcla de psicoanalistas, frepasistas y gente que añora los sesenta, y un ultrismo izquierdista que, básicamente, lo que se planteaba era qué se podía pescar a río revuelto. El resto volvió a sus casas y no estará veraneando en Cariló, pero veranea en Mar del Plata y la cosa más o menos se genera. La clase media argentina es eterna.

¿Qué quedó, entonces, de esa experiencia?

De aquella época quedó el corazón de lo que no iba a poder ser resuelto, que era el piquetero, los millones de sin trabajo que se reflejaban en la figura del cartonero y del piquetero y que era aquello que habíamos negado, aquello que no habíamos querido ver durante toda la época menemista. Durante todo ese tiempo pasábamos por la ruta y mirábamos a los villeros con las antenas de televisión. Lo veíamos todo a la manera de un noticiero policial: cuando alguno caía, cuando alguno moría o estafaba. Pero, evidentemente, el piqueterismo alcanzó luego un nivel de envergadura que hay que celebrar, más allá de que uno pueda discutir las formas en que actúa. Celebrar en el sentido de que en la Argentina la conciencia, la memoria de la protesta y la dignidad a recuperar, sigue presente. En la Argentina existe un nivel de reivindicación, un nivel de protesta y rechazo a los destinos malditos, que incomoda no solo a la clase media cuando no puede circular con los autos, no solo a los partidos políticos cuando no pueden situar una negociación satisfactoria, sino que incomoda muchas veces al propio pensamiento progresista y de izquierda, que encuentra en eso algo que no se adecua a una ingeniería republicana y democrática que al pobre le sirve tres cuernos. Es decir, ¿por qué tengo yo que plantearle al piquetero que es más importante la democracia que comer? ¿Por qué tengo que plantearle que es más importante la libertad de un locutor de cuarta diciendo sus ideas en la radio, de 5 a 8, que comer? En la Argentina no tenemos necesidad de hacernos los altruistas. El propio sector nos viene a refregar en la cara que tiene la suficiente fuerza como para no claudicar. Y esa es una cosa molesta. Cuando uno habla con académicos brasileños o mexicanos de izquierda se da cuenta que ellos tienen mucha pobreza, pero la conversación es serena, se sabe perfectamente que esa gente no va a hacer otra cosa que lo que hizo toda la vida. En la Argentina uno no puede hablar diez minutos si no introduce el tema piqueteros, porque lo tiene en las narices. Yo reivindico esa capacidad profunda que tiene el país de la protesta. Eso no significa que no cuestione las ideologías, las variables, los partidos y las ideas con que el piqueterismo trabaja hoy en la Argentina y, sobre todo, cómo lee el escenario nacional, cómo indistingue lo que es el gobierno de Kirchner de lo que puede ser un gobierno de López Murphy, cómo reitera las imbecilidades y las taras casi innatas con que la izquierda se maneja desde hace muchísimos años.

Usted cuestionaba recién la idea de democracia, uno de los conceptos más defendidos por el discurso de los medios de comunicación.

En Argentina es difícil hablar del tema, porque la democracia fue interrumpida muchas veces y existieron dictaduras genocidas. Mi propia vida está atravesada por golpes de estado, desde 1955 hasta aquel que me llevó al exilio. En ese sentido, uno no debe ser ingenuo ni inocente, saber cuál es la memoria nacional que está sustentando a los términos y a los conceptos. Pero la democracia también es un término que parte de una política de disputa. O el neoliberalismo lo plantea, o el individualismo liberal, o las teorías liberales de política lo plantea; o lo plantea el sentido de una democracia social, de corte político reformulador. Hoy, la democracia en la Argentina y en el mundo es una de las formas más despolitizadoras que tiene el sistema sobre el sujeto social. Lo que te exige es que, cada dos años, votes algún diputado; después, que te quedes quietito en casa. Si salís a la calle, incomodás. La democracia se ha transformado en algo despolitizador. Por otro lado, la democracia y el régimen de libertad que constituye te permite hacer política, te permite pensar, oponerte y resistir. Te da las leyes adecuadas para que no termines preso ni muerto.
El tercer nivel sería la escala de situaciones. Es decir, si no se habla desde una democracia social, si no se habla de un cambio social profundo que supere el problema de las víctimas y de los victimizados, ¿quién pone esa escala?. En general, esa escala la exponen y expanden los medios. En los medios, que son privados y se rige por la publicidad de empresas privadas, la forma de seguir persistiendo es trabajar sobre esa idea de libertad de pensamiento. Pero uno debería preocuparse hasta que punto esa libertad es lo suficientemente comprensivo e inclusivo de la verdadera problemática como para ponerlo por encima de todo. Yo no tengo por qué obligarle a un tipo que no tiene un peso en el bolsillo, que está desocupado y no puede darle alimento a su familia, que defienda la democracia tal cual se está defendiendo ahora. Bajo ningún aspecto. En todo caso, que defienda lo que realmente necesite. En ese plano, lo que necesita no es prioritariamente esa ideología democrática que niega al resto. Desde esa perspectiva, la Argentina necesita un debate democrático que rompa con los mitos de un neoliberalismo que ha impregnado y vencido al resto, que ha inundado las ideologías de todos, desde un locutor, un cura, un intelectual o un político. Es difícil poner en cuestión la democracia. No significa llamar a un golpe de estado, sino todo lo contrario: plantear una discusión mucho más clara y sincera, para evitar variables que pueden llegar a ser peligrosas.

Además, en la democracia neoliberal la única representación parece ser la del poder económico.

Se ha perdido un nivel crítico económico social que tiene que ser mucho más duro. Hoy, por ejemplo, los medios de comunicación no son cuestionados por los intereses a los que responden. Hoy se ha idiotizado el análisis de los intereses. El análisis de los intereses económicos, que devienen en intereses culturales, que devienen en intereses ideológicos y políticos, está muy poco planteado. Hay una especie de periodismo que plantea de manera irresponsable, escandalosa y poco clara, la escena del país desde una perspectiva que, o bien contribuye a la confusión general, o favorece a los sectores más nocivos o a los intereses foráneos, o, indudablemente, lo único que están defendiendo es el puchero y el nivel de sueldo que hay ciertos comunicadores que lo tienen muy bien y no quieren perderlo. ¿Qué políticas van a tener con respecto a las empresas privatizadas muchísimos programas de radio y televisión cuyo ochenta por ciento de publicidad, son las privatizadas?¿Qué me van a decir del país, de las necesidades, del presidente y de las figuras como Blumberg, si están absolutamente comprados por un sector que tiene enormes intereses sobre la Argentina?
La lógica de la sociedad massmediática siempre es la lógica del narrador omnisciente, aquel que uno no lo piensa cuando está leyendo, pero que es el dueño de la novela. Uno cuando lee Madame Bovary, no piensa en Flaubert, sino en Emma Bovary. Uno cuando ve la Argentina, no piensa en los medios porque son los medios los que construyen la novela permanentemente. Hay que hacer un enorme esfuerzo para regresar a la idea de que el 90% de lo que nosotros discutimos es obra de la mediación, de lo mass mediático. Y los mass mediático en la Argentina, en un porcentaje mayoritario, está en manos de algo patético y lamentable, cuando no, peligroso.

¿Qué pasa con el rol de los intelectuales en este contexto?

Los intelectuales sufrieron este vendaval que fueron los noventas y a posteriori. Hemos quedado desguarnecidos. Confundimos denuncismo con ser de izquierda, planteamos variables donde las izquierdas y las derechas parecía que se hermanaban. En ese magma, el intelectual perdió sentido, perdió la capacidad de entender las gestiones, se alineó de manera equivocada, festejó fabulosamente la subida de De la Rúa al poder, como si hubiese sido algo increíble. Pensó que el peronismo estaba absolutamente muerto, incomprendió determinadas variables. Nos equivocamos profundamente y fuimos hijos de esta correntada que nos dejó “traste pa´l norte”. Muchas veces, demostramos niveles de incapacidad mucho mayores que la de los propios políticos. Falta un proyecto, falta una gran reunión, faltan muchas ideas que reúnan y gesten, desde otra perspectiva, una política de época. Los intelectuales, si no se han adecuado a las leyes del mercado de una manera peligrosa o no han vendido el alma por figuración o centimetraje en prensa, se han planteado en una misma lógica donde no han quedado absueltos del resto. En una sociedad no hay inocentes. Lo que ha acontecido nos involucra a todos porque de distintas maneras hemos entrado en las generales de la ley del vaciamiento de la Argentina.

También existe una negación de los intelectuales por parte de los medios.

Hay un tensión entre el informador o el periodista y el intelectual. A pesar de que en la época actual el mercado es mucho más confuso, porque, al mismo tiempo, hay más columnas y programas de entrevistas en donde aparece mucho el intelectual. Pero, hay una mayor tensión. Eso es parte de la ausencia de alguna instancia o alternativa muy amplia que vuelva a generar persuasión, creencia, ganas de volver a intervenir y de reunir política y reflexión, política y conocimiento, política y ética. Las muchas cosas que pasaron en la Argentina en los últimos treinta años son de una hondura tan grande que el reencuentro de un pensar con una práctica comunitaria va a costar mucho en términos de gestar algo que realmente valga la pena.

¿El gobierno de Kirchner es un primer paso?

Reivindico el gobierno de Kirchner. En primer lugar, porque es un gobierno que realmente nadie esperaba. El escepticismo campeaba por encima de lo que podía ser una salida con un mínimo de honestidad y seriedad. Desde esa perspectiva, es una sorpresa agradable en fundamentales momentos que hacen una política, que hacen a un recomponer la Argentina, que hace a un regreso de autovalorizarnos, que hace a un Estado más presente. Además, y como dijo Tulio Halperin Donghi, “dime quiénes están contra Kirchner para darme cuenta que cada vez hay que estar más con Kirchner”. Si uno ve el amplio abanico que va entre una extrema derecha nostalgiosa de la dictadura hasta una inimputable como Elisa Carrió, que ha servido en el último año y medio como nunca un progresismo ha servido tanto a la derecha, si uno ve esa incapacidad infinita o esa enorme astucia con que la derecha actúa e involucra a unos y otros, uno piensa que cada vez uno se tendría que ubicar más cercano a este presidente que, indudablemente, en términos personales puede ser criticable por muchas de las formas que tiene de ser, pero que en términos generales y de políticas concretas a aplicar, es absolutamente defendible. Es el presidente inesperado, algo que nadie esperaba y menos cuando llegó a ser presidente con el 22 por ciento. Uno pensaba que iba a ser un presidente débil, manejable, instrumentable, que iba a acordar por detrás de cualquier zanahoria y que no iba a tener posibilidad de hacer frente a las grandes cosas. Sin embargo, en lo fundamental, yo leo el diario y las políticas del gobierno me vuelven a hacer sentir que soy argentino y que, a lo mejor, todo vuelve a valer la pena. Venimos de quince años donde, tanto desde la derecha como de las izquierdas, equivocaron tanto el rastro que vaciaron el país. Por un lado, un sector se beneficiaba y ponía dinero en el extranjero; por el otro, las izquierdas lo único que hacían era, anacrónicamente, plantear cosas que ya respondían a un mundo como el de hoy. No soy de aquéllos que dicen que ojalá Kirchner aguante. Yo no estoy contra él. Esa es la forma de un anti kirchnerismo muy astuto. Yo lo defiendo claramente en relación a la escena argentina y a los que están contra Kirchner.,

Kirchner llega a la presidencia de la Argentina en momentos en que aparecen en América latina otros referentes importantes, de corte popular o progresista.

Kirchner ingresa en un momento feo del mundo, en donde hay una suerte de revolución “bushista” que rompe las reglas internacionales y que lanza al mundo hacia otro tiempo, hacia otra etapa que no sabemos en qué va a terminar, pero donde los tanques de pensamiento, el Pentágono y la derecha republicana, tenían algo que decir, a diferencia de los demócratas y los Kerry, que quedaron navegando en una especie de nada. Bush tiene una poderosa arma como anunciándonos un mundo futuro bastante inmediato de pesadilla, donde, además, todo se ha corrido más hacia la derecha. La social democracia está más hacia la derecha, las derechas son más a la derecha que antes, lo que se puede modificar es poco, las protestas son leves, las diferencias tratan de tragarse a sí mismas, los países obedecen… Basta mirar lo que se esperaba de Lula, que ahora negocia muchas veces desde una política de centro derecha. En ese marco, no le tocó una época de avance de las masas, de luchas populares o crisis en el primer mundo. Pero, al mismo tiempo, en América latina hay ciertos países, algunos con un populismo notable como es el de Chávez, el de Lula que de alguna manera trata de manejarse y equilibrarse; la social democracia tibia pero adherente y que en cierto sentido acompaña, como puede ser la de Lagos; el posible triunfo del Frente en Uruguay, le dan a Kirchner, que se planteó que eso era lo que le interesaba, que dentro de tres o cuatro meses, unido Uruguay y consolidada Venezuela, haya una variable como para que América latina reconquiste cierto perfil, cierta identidad y presencia en el mundo. Que no sea solamente la obediente y miserable región desconocida, olvidada, pisoteada y súper explotada por intereses globalizados fuertes. Es una época fea del mundo con una América latina que abre perspectivas interesantes de ser pensadas y acompañadas. Kirchner en ese sentido, mal o bien, con ciertos gestos y desplantes y esas formas que tiene que muchas veces no comparto, ha perfilado claramente que le interesa la pontificación de ese frente.

¿Kirchner recupera el espíritu del viejo peronismo o se trata de otra de las transformaciones del movimiento?

En Kirchner hay esa dualidad. Por un lado, está esa idea que no es nueva en el peronismo de que alguien se sitúa en un momento histórico del peronismo y lo proyecta hacia algo más allá del peronismo. Eso fueron los montoneros, eso fue el propio Menem, desde otra perspectiva. El peronismo aparece como una suerte de proyecto inacabado, un continente que no ha definido totalmente en la historia cuál es su definitivo perfil. Hasta en la época de Evita, el evitismo era una forma de transformar el peronismo en eso, que tenía que dejar de ser para pasar a otra cosa. La propia Evita era la izquierda del peronismo, tenía ideas, palabras y conceptos políticos e ideológicos más duros que anunciaban ya el cambio. Si uno ve la historia del peronismo, esa historia la vuelve a encarnar Kirchner cuando pasado el memenismo, pasado ese calvario y el peronismo que se vende a sí mismo, pero que es plenamente peronista en ese traicionarse a sí mismo (porque todo el peronismo estuvo detrás de ese personaje incalificable que fue Menem), pasada esa situación, Kirchner vuelve a jugar con la idea, a partir de la crisis de lo político y de la muerte del peronismo, de un peronismo después del peronismo. Una cosa de corte postmoderno, una representación después de la representación. Es difícil, duro y complicado porque la Argentina es un país muy complejo en donde no existen grandes tiempos para trazar esas variables. Entonces, Kirchner vive entre apoyarse en el viejo peronismo que es finalmente aquel que le va a dar victorias electorales casi seguras, y al mismo tiempo ir gestando una serie de post peronismo que, evidentemente, tiene mucha gente que apostaría a eso pero también otros sectores que no lo ven bien. Es un dilema. En lo inmediato, Kirchner va reencontrándose con que es muy prematura su idea de la transversalidad y que tendrá que trabajar y negociar con lo mejor del peronismo durante un lapso antes de poder erigir una variable de ese corte.

¿Cuál es el papel que juega la inseguridad en el imaginario social?

La inseguridad es un problema cierto y real, sobre todo en determinados lugares del conurbano donde la Argentina reunió a lo más pudiente y residencial, con villas. Evidentemente, en el momento en que esto se producía, si bien se podía ver como potencialmente riesgoso, es un lazo o un matrimonio muy peligroso. San Isidro sería el ejemplo máximo, con grandes residencias a cinco o seis cuadras de las villas miseria. Ahí se produce la inseguridad de manera más aguda y, efectivamente, es un tema que corroe la vida, que atraviesa las formas de la vida cotidiana de una manera muy fuerte. A eso se agrega la corrupción policial, que es la forma que la policía tiene de actuar y no tiene que ver con diez o quince, sino que la policía está corrupta como lo está gran parte de la sociedad argentina. Cuando uno compra un repuesto en la calle Warnes, sabiendo que es robado, está siendo corrupto. No somos noruegos o suecos, no tenemos una ética. Pero, más allá de eso, el problema de la inseguridad existe. En el tema de la inseguridad se va aclarando que hay dos grandes variables, dos grandes tensiones que, en este momento, es la tensión que separa ente la figura de León Arslanián, que para mí es una figura de lujo en la Argentina en cuanto a lo que pretende hacer, o Juan Carlos Blumberg que representa el punto ciego de una Argentina nefasta. Está claro que política necesaria es depurar a la policía, y esa depuración trae sus riesgos, porque la policía depurada, amenazada y agredida, tiene una altísima cuota de relación con la delincuencia y actúa con semi delincuencia. Está esa variable, que es riesgosa. Y también está la variable a la que apuesta el sector medio argentino pudiente. La idea es: a la policía déjenle el negocio de la prostitución, de la trata de blanca, la compra de pizza y la droga, pero negocien que no secuestre más y, en lo posible, que no robe autos. Si esto se logra, el sector que hoy sale detrás de Blumberg estaría totalmente de acuerdo. Es decir, una policía prostituida pero sin secuestros. Blumberg responde a la idea de que hay que resolver los secuestros apoyando a la policía porque la policía es, más o menos, lo mejor que tenemos, y que la policía haga sus negocios en un campo más tradicional como las drogas, la trata de blancas y la prostitución. Esta corriente cree que cuando Arslanián echa a un policía, ese policía se va a vengar y va a empezar a secuestrar. Es una hipocresía por parte de los sectores altos y medios de la Argentina que, en realidad, no quieren depurar a la policía; quieren pactar con la policía a la vieja usanza. Hasta hace cuatro o cinco años no había secuestros, pero la policía era la dueña del país en términos de corrupción. Sin embargo, se podía vivir “tranquilo”. Ahora, la policía sabe cuál es la cuestión que altera al país, que es el secuestro. Pero el problema se va a poder resolver cuando se depure a la policía y actúe no como cómplice ni beneficiaria de los secuestros, sino para que realmente confronte. El tema de la inseguridad vuelve a plantear una Argentina de derecha y una Argentina de izquierda; una Argentina realmente situada en la anti corrupción y una Argentina que es corrupta y que, sin embargo, no tiene ningún problema en salir a la calle a plantearse contra la corrupción.

¿Por qué no somos éticos?

La Argentina ha padecido infinidad de mentiras, problemas e hipocresías desde el sesenta en adelante. Infinidad de dramas, de muertes, operativos y clandestinidades. Sufrió infinidad de robos, de “yo digo una cosa pero hago otra”, sufrió la posibilidad de ganancias fabulosas que le vienen de épocas anteriores. Como dice Jaureche, la Argentina siempre fue un lugar de grandes ganancias y después de ñoquis infinitos y de gente que vive de rentas. Todo eso ha contribuido, junto con las guerras, los engaños, los desconsuelos, la incredulidad, la venta del país y los políticos, para que la corrupción se haya extendido como modelo de ser. El gran mensaje del menemismo fue una cultura de la corrupción. Se trata de una cultura que se maneja de la manera siguiente: “Si tenés la oportunidad, hacela porque se te va a cruzar una sola vez en tu vida”. El que fue asesor de Menem pasó de tener 5 mil pesos a tener 5 millones. Eso pasa una sola vez en la vida y fue tan claro, tan preciso, tan celebrado, tan homenajeado y publicado por el periodismo que, efectivamente, quedó como forma de ser del argentino. El argentino siempre va a encontrar la forma de zafar. Eso lo vemos cuando encontramos un auto con la patente tapada, para no salir en las multas fotográficas, o cuando se roban los bronces de las plazas. En la Argentina no hay un robo para mitigar el hambre, el robo es una cadena de negocios. Yo robo el bronce, vos lo negociás, vos lo almacenás… Todo es un negocio. No hay un robo noble, hay un robo que es un negocio. Ésa es la Argentina del negocio que quizás nació con los tanos, nuestros abuelos que de alguna manera se tenían que defender y que hoy deriva en un país de una altísima cuota de prostitución moral. Ésa es la Argentina y nos queda esperar que haya una época de recuperación ética y moral y que dejemos atrás estas cosas.


*Publicado en Revista Lea N°30, noviembre de 2004.

27 may 2008

Confesiones de lector

Por Susana Szwarc*

Si se nace en un pueblo en 1954 los libros se encontrarán en los vagones. Quitilipi: dice el cartel de la estación. Si los padres llegan sobrevividos de una guerra algo sabrán. Por ej: si leés tenés tu casa siempre. Desconocida la superstición de la propiedad privada, habrá en las letras la hospitalidad, el cuerpo espeso, dichoso, interminable. La vida entonces se comparte entre cosecheros golondrinas, tobas, criollos, gringos. Las tonadas difieren y no habrá en el mundo paisaje mejor que la lectura en voz alta, en voz baja, susurros entre nosotros: el Corín Tellado, tallado en las siestas, Patoruzú, Patoruzito y la sequía o la inundación de la Pachamama, Susy del corazón, la pequeña Lulú y sus amigos, nuestros amigos en bicicleta por el pueblo. Entre esos libros llega Kafka: Carta al padre. ¿Qué niña no querrá leer algo así?. Me lee mi padre la Carta… En la plaza del pueblo, en la hamaca que sube y baja, no dejaremos de reír del bromista de Kafka. “Yo era un niño tímido”, “tú me insultabas”. Ningún padre es así, decimos mi padre, mi madre, mis hermanas y yo. Aprendemos cómo tachar a los falsos padres del mapa. Y llegan Alicia en el país de las maravillas, y Romeo y Julieta (mucho más lindo que los Corín Tellado y las Susys con sus secretos, diremos en la escuela). Pero es Kafka quien deja una huella por todos los vagones. Sus cuentos “dan para hablar”, decía mi amiguita preferida.
Pasa el tiempo. El enigma de los desplazamientos. En la gran ciudad, en la Capital, los vagones son librerías. Y hay tanto para elegir. La boca de la ballena de Héctor Lastra, años después su Fredi. ¿Cómo llegan ciertos escritos a nuestros ojos?: Un cuento de Borges lee la señorita en la escuela. Seguimos a Borges. Y otro día lee a Cortázar. Un día los ojos ven Días enteros en las ramas de Marguerite Duras y seguimos las Margaritas porque también se encuentra a la Yourcenar. La Nanina de German García y luego La fortuna de encontrarlo en los estantes. Bloyd de Liliana Heer. El frasquito de Luis Gusmán. Nicolás Rosa y Roland Barthes y Saer y Piglia y Josefina Ludmer. Aparecen Oscar Masotta y Freud y Lacan y Georges Steiner. Los papeles salvajes de Marosa Di Gorgio, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo. Vivimos un tiempo en Santa María y en Comala. Descubrir a Bohumil Hrabal es otra fiesta.
Pasan los vagones por el tiempo: John Berger, Thomas Bernhard y cuántos nombres olvido, sólo para recordar después. Hay relatos, narraciones,poesía. Me gusta que algunos libros que leo hayan sido escritos por mis amigos. Saboreo a José Kózer, Cristina Peri Rossi, Liliana Lukin, Amalia Sato, Luis Benítez, María del Carmen Colombo, Miguel Espejo, Adolfo Colombres, Tununa Mercado, Liliana Heer (releo Pretexto Mozart, releo Repetir la Cacería), Susana Romano que nos habla de “un archivo gigantesco y móvil, como una especie de libro inestable, en el que se van escribiendo e inscribiendo los acontecimientos…, guardados en reserva para el quehacer de las generaciones”en “Consuelo de lenguaje”.

Wang-Fo le dijo dulcemente, mientras continuaba pintando:

-Te creía muerto.
-Estando vos vivo –dijo respetuosamente Ling-, ¿cómo podría yo morir?
Frases de un cuento de M.Yourcenar, se puede jugar: en vez de “pintando”, “leyendo”.
Libro, hoja, casa, cuerpo. Lecturas. Y Kafka siempre y Proust abriendo los ojos, despertando al mundo.


*Susana Szwarc nació en Quitilipi, Chaco, en l954. Ha publicado El artista del sueño y otros cuentos, Trenzas, Bailen las estepas y Bárbara dice:, entre otros. Textos suyos han sido traducidos al alemán y al mandarín.

12 mar 2008

CRÍTICA/ Fotografía

Ausencias
Muestra fotográfica de Gustavo Germano
Centro Cultural Recoleta

Por Pamela Bertoni

El domingo pasado estuve dándole vueltas al Centro Cultural Recoleta, un lugar con el que frecuentemente me peleo pero en donde, a veces, aparece algo que me sorprende. Eso fue lo que me pasó con la muestra de fotografía de Gustavo Germano. Al principio comencé a ver las fotos desde un interés técnicamente fotográfico: estética, composición y color. El resultado fue que las fotos no me “cerraban”. Hasta que comenzó a atraparme algo más verdaderamente fotográfico: la historia, lo que contaba cada foto; a medida que sumaba imágenes, el impacto era mayor.
Fotos en blanco y negro rescatadas de algún álbum familiar donde se ve a dos o más personas, son sistemáticamente acompañadas por otra foto en color, tomada 30 años después, recreada en el mismo lugar y en la misma situación y donde hay uno o más espacios vacíos.
Acompaña a la muestra un video documental, especie de road movie, donde se lo ve a Germano buscando a los protagonistas y los espacios para reproducir las capturas.
A través de la ausencia de los personajes en la toma, Germano logra contar con el silencio en el espacio, los silencios, o vacíos, dejados aún hoy por la dictadura militar que comenzó en 1976.
Política y militante, la muestra nos habla de unas ausencias humanas particulares y cuenta a través de un espacio, un silencio que nos une como argentinos y como seres humanos. Relata el paso de un tiempo y la permanencia de un vacío. El paso de un tiempo que se cuenta en cuerpos y rostros cambiados, envejecidos. Una fotografía muestra dos hombres jóvenes que bajan corriendo ágilmente a través de un verde, al lado otra fotografía, un solo hombre canoso, un cuerpo pesado, una pose rígida que intenta imitar la pose de la fotografía anterior, un mismo verde.
Impactantes resultan también las “ausencias” de niños desaparecidos durante la dictadura, registradas en varias fotografías. Como también las señaladas por la leyenda Playa “La tortuga alegre”.Concordia, Entre Ríos. Dos nombres. Una playa en blanco y negro, dos cuerpos tendidos al sol en luna de miel. Al lado, una playa en color, la arena, el mar. La misma leyenda, dos puntos negros que evocan a los nombres de los ausentes.
A nivel técnico las fotografías no sorprenden, es más, parecieran estar tomadas bastante descuidadamente, evidenciando la captura y copia digital. En éste sentido, el medio digital funciona como una forma más de contar el paso del tiempo al estar contrapuestas a fotografías analógicas en su mayoría en blanco y negro.
Una idea basada en un concepto simple, sin artilugios. Sin pretensiones efectistas, logra contundencia a nivel mensaje, emociona, duele en lo profundo. Más allá de la distancia que individualmente nos una o nos separe de lo que fue la dictadura militar, la muestra logra a través de lo propio y lo cotidiano, un lenguaje universal que nos dice, como espectadores, que somos parte de la historia.

4 feb 2008

CRÍTICA/ Teatro voyeur



Pornodrama II - Un esquimal
Teatro Belisario, Corrientes 1624. Tel. 4373-3465
Jueves, 22 hs. Viernes y sábados, 23 hs.

Dirección: Alejandro Casavalle
Sobre propuesta original de Javier Magistris.
Actúan: Carolina Refusta, Pedro Di Salvia, Juan Pablo Carrasco, Lizzy Pane.


Hay algo en Pornodrama II, la segunda parte de una propuesta que Alejandro Casavalle había presentado años atrás, que provoca desde el más primitivo de los niveles: dos parejas swinger se desnudan, se chupan, se tocan, se penetran, y lo hacen ante la mirada del espectador. Posiblemente baste sólo eso para que un drama se convierta en un ejercicio de voyeurismo difícil de resistir. Pero Pornodrama II no es sólo sexo: más bien, las escenas de sexualidad explícita (la obra es prohibida para menores de 18 años) son obscenas no por lo que muestran, sino por lo que ocultan. Detrás del sexo que los personajes practican con rusticidad, se esconde la historia de cuatro soledades que en mucho se parecen a las que cada uno de nosotros suele arrastrar en la vida. Y el sexo, así en la obra como en la vida, aparece como una de las vías de terminar con esa "separatidad", un vocablo que tan perfectamente acuñó Erich Fromm para explicar el sentimiento de aislamiento de los individuos y la forma en que el sexo parece solaparlo.
El argumento de Pornodrama II es simple: un hombre llega a la casa de un viejo amigo, tras un exilio voluntario, para proponerle un negocio. Lo hace acompañado de su novia. La complejidad comienza en todo lo que el sexo oculta: un amor que aún persiste a pesar del tiempo, la crueldad de un hombre con su esposa, la estupidez inocente de una mujer que nunca logra dejar de ser niña, los horrores de una guerra que dio origen a una generación marcada por los antagonismos de la apatía y el desenfreno.
Estéticamente, Pornodrama II es una puesta cuidada, donde una pantalla gigante da la oportunidad de completar el voyeurismo desde una perspectiva distinta. El trabajo de los actores es fuerte, bueno y jugado. La dirección de Casavalle no deja espacios para la improvisación, en una obra que, paradójicamente, nació como un juego de cuatro actores dispuestos a mostrar lo que todo el mundo quiere ver, y lo que nadie está dispuesto a afrontar.

17 ene 2008

Césare Pavese: Vivir también cansa

por Nelson Díaz

Poeta, novelista y un excelente traductor de la literatura norteamericana, la vida y obra de Cesare Pavese transcurrió entre dos aguas: su amada campiña piamontesa y la indiferente ciudad; el totalitarismo de la Italia fascista y su realismo libertario; los últimos estertores del hermetismo italiano (o neohermetismo), --entre los que se encontraban Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo y más tarde Alfonso Gatto y Vittori Sereni-- y la forma épico-narrativa planteada en su obra como modelo de ruptura y transición. Tenía 42 años cuando decidió suicidarse. Su cuerpo fue encontrado en Albergo Roma, un pequeño hotel de Turín. Había dejado escrito, en la primera página de su libro Dialoghi con Leucó y a modo de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagáis demasiados comentarios”.

Desde Turín con dolor

Pavese nació el 9 de setiembre de 1908 en el seno de una familia compuesta de cuatro hermanos, cuando sus padres se encontraban veraneando en su granja de Santo Stefano Belbo, una pequeño pueblo piamontés al norte de Italia. A los seis años, su padre Eugenio Pavese, que era juez en la corte de Turín, murió de cáncer cerebral. Introvertido, distraído, asmático y miope, el joven Cesare se vio obligado a usar gruesas gafas desde la adolescencia, recibiendo poco apoyo emocional de su taciturna y poco efusiva madre, Consolina Mesturini Pavese. El mismo año que su padre murió, su hermana María se enfermó y la familia debió permanecer en el Piamonte durante un año. En la escuela local fue donde nació su profundo amor por la campiña piamontesa, la que exploraba con los hijos de los granjeros. En su diario escribió: “Si es que hay un estilo en mi poesía, es el del niño fugitivo, que vuelve con alegría a su aldea” .
Agobiada por las deudas, su madre decidió vender la finca cuando Pavese tenía 10 años, en un infructuoso intento por mejorar las finanzas de la familia. Comenzaron a frecuentar en verano un pequeño pueblo llamado Reaglie, cerca de Turín, aunque Cesare regresaba a menudo para visitar el escenario de su niñez, que más tarde utilizaría en sus autobiográficas novelas. Vivió en Turín con su madre hasta su muerte en 1930, año en que comienza a compartir el apartamento con su hermana casada y su familia.
Su educación continuó en Turín; primero en una escuela jesuita, más tarde en el Gimnasio Moderno. A los 16 años ingresó en el Liceo Massimo D´Azeglio, donde conoció a Augusto Monti, profesor de literatura italiana, quien lo persuadió para que estudiara griego, despertando así el interés por la mitología, que perduró hasta el final de su vida. Pavese dedicaba largas horas a la lectura de obras en griego y también a la literatura italiana, inglesa y norteamericana, la que incluía la poesía de Walt Whitman.


Tierra roja, tierra negra

Fue en el último período de su adolescencia cuando Pavese “oyó” por primera vez la “voz absurda” del suicidio, cuando uno de sus pocos amigos se quitó la vida. Cuatro años antes, en la turbulenta atmósfera política de Turín, había experimentado una conmoción a causa de la matanza llevada a cabo por los “camisas negras”, que habían dado muerte a 11 personas y heridos a varias más como represalia por el asesinato de dos fascistas, poco después de que Mussolini tomara el poder en Italia. Doce años más tarde, escribiría un poema titulado “Una generazione” (incluido en Lavorare stanca), en el que conmemoraba el luctuoso contecimiento: ”En la cárcel hay obreros callados/ y alguno ya está muerto/ En la calle han borrado los regueros de sangre/ La ciudad, a lo lejos, se despereza al sol/ la gente sale afuera/ Se miran a la cara/ Los muchachos pensaban en la sombras de los prados/ y miraban a la cara a las mujeres/ Pero incluso ellas/ no decían nada y dejaban hacer”.
Las convicciones políticas de Pavese tomaron una orientación más definida en el otoño de 1926 cuando ingresó en la Universidad de Turín. Allí conoció a un grupo de brillantes alumnos antifascistas, entre los que se encontraba el estudiante de Ciencias Políticas Giulio Einaudi quien habría de fundar Casa Einaudi, editorial llamada a ejercer una fuerte influencia entre los intelectuales italianos al publicar traducciones de autores ingleses y norteamericanos y que sería la encargada de editar la obra completa de Pavese. Otro de sus amigos durante la época de la universidad fue Leone Ginzburg, quien más tarde sería profesor de lenguas eslavas en la universidad y editor de La Cultura, revista de crítica literaria editada por Einaudi.
Entregado al estudio de la literatura norteamericana , Pavese terminó su doctorado en letras con una tesis sobre Walt Whitman. Sin embargo, no le fue posible obtener un trabajo permanente como profesor en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Dictó algunas horas de cátedra en varias escuelas: enseñó italiano, inglés, latín y filosofía a alumnos privados y escribió artículos sobre literatura norteamericana para varias revista literarias. En 1934, antes del comienzo de la guerra de Abisinia, en la ciudad de Turín se produjo el arresto de 200 personas, entre las que se encontraba Ginzburg y otros asociados de La Cultura. Acusado de ser el cabecilla del movimiento subversivo Giustizia e Libertá, fundado en la década anterior por Piero Gobetti, Ginzburg fue condenado a dos años de prisión. Carlos Levi, otro de los antiguos compañeros de escuela de Pavese, también arrestado, describió su exilio en una remota aldea en su libro Cristo si è fermato a Eboli, que se convirtió un éxito de librería. Después del arresto de Ginzburg, Pavese se convirtió en el editor de La Cultura, renunciando luego de un año.


El silencio della vocce ruocca

El 13 de mayo de 1935 la policía allanó el apartamento que Pavese compartía con su hermana y encontró cartas escritas por su novia, relacionadas con el Partido Comunista y que, obviamente, lo comprometían políticamente. Fue arrestado junto con un grupo de intelectuales turineses, entre los que se encontraban Augusto Monti, Norberto Bobbio y el propio Enaudi. ¿La causas esgrimidas para el arresto? Actividad política clandestina. Durante el juicio se encerró en un absoluto mutismo para no delatar a “la donna della vocce ruocca”, --la misteriosa mujer con la cual Pavese tenía relaciones--, lo que le valió una condena de tres años de confinamiento en el pueblo calabrés de Brancaleone. En el exilio la idea del suicidio comienza a cobrar más fuerza. La condena, finalmente, fue reducida a un año debido a los graves problemas asmáticos que padecía Pavese.
La correspondencia con su hermana en ese período revela la sensación de soledad y la desazón que sufre; las crisis depresivas se hacen cada vez más frecuentes. Fue precisamente en Brancaleone cuando comenzó a llevar un diario que se publicó después de su muerte con el título Il mestiere di vivere. En su diario, Pavese expuso el juicio que su obra poética le merecía: “Aún no sé si soy un poeta o un sentimental, pero lo cierto es que estos meses atroces constituyen una prueba decisiva. Si, como lo espero, hasta los más grandes descubridores han tenido meses semejantes, digamos que la alegría de componer se hace pagar cara. La vida se venga --y está bien-- si uno le roba el oficio. No es nada la preocupación de componer --el famoso tormento-- frente a la de haber creado algo, y no saber luego qué hacer”.
Luego de la publicación de algunos de sus mejores poemas escritos en el exilio, rompió con su pasado literario y se entregó a escribir novelas. En ellas se repite insistentemente el tema del encierro, especialmente en Il carcere. En 1936, después del exilio, Pavese volvió a sus tareas editoriales en Casa Enaudi mientras era publicado su primer libro Lavorare stanca, por la editorial Solaria en Florencia. Durante este breve período ejerció la dirección en las oficinas de Enaudi en Roma, asociado a los novelistas Italo Calvino y Elio Vittorini, a quienes, junto a Pavese se les atribuye el haber americanizado la literatura italiana al romper con la tradición académica para introducir el elemento vernáculo.
Exceptuado del servicio militar a causa de su precaria salud, Pavese pasó parte de al Segunda Guerra Mundial en Turín. Después de su corta estadía en Roma se trasladó a Serralunga, una villa piamontesa donde se encontraba su hermana. Durante esos dos años se produce la muerte de su amigo Leone Ginzburg en un campo de concentración nazi. Pavese se recluye a leer a Kierkegaard, Milton, las tragedias griegas y a autores del período isabelino. En homenaje a su amigo asesinado, al finalizar la guerra publica la novela La casa in collina, que trataba sobre la resistencia italiana al nazismo y que apareció en un volumen titulado Prima che il gallo canti.


La tierra prometida


Sus primeras traducciones se vieron favorecidas por el encuentro fortuito con Antonio Chiuminatto, un estudiante de Chicago que pasaba el verano de 1929 en Turín. Pavese recibía una importantes cantidad de libros americanos y Chiuminatto le ayudaba a comprender las expresiones idiomáticas y el “slang” americano. Estimulado por la lectura de autores norteamericanos en sus días de universidad, dedicó años al estudio y traducción de obras de literatura norteamericana. Entre los años 1930 y 1934 publicó una larga lista de artículos sobre Sinclair Lewis y ensayos sobre Sherwood Anderson y Walt Whitman, --justamente una tesis sobre el autor de Hojas de hierba, le valió el doctorado en la universidad--. Pavese poseía un extenso conocimiento sobre la continuidad de la literatura americana, estimulado por la visión que tenía de América como “un escenario gigante en el que se representaba el drama de todos con más franqueza que en ninguna otra parte”. En sus novelas se repetía incesantemente el tema del rechazo a la ”città” y la búsqueda del “paese” y que era reflejada, en cierto modo, por la literatura americana ya que los escritores americanos, a pesar de sus orígenes, compartían una literatura en común. Si bien fue un lector entusiasta, familiarizado con escritores del siglo XIX como Herman Melville, Mark Twain, Henry Thoreau y Edgar Allan Poe prefirió los escritores de medio oeste, de principios de siglo y, en especial, a Sherwood Anderson y la poesía de Edgar Lee Masters. Luego de su graduación universitaria tradujo Moby Dick de Melville --considerada hasta el momento intraducible--, Our Mr. Wrenn de Sinclair Lewis (su primera traducción), Dark Laughter de Sherwood Anderson, Portrait of the Artist as a Young Man de James Joyce y David Copperfield de Charles Dickens.


Diálogo con la muerte

Pavese, junto a Alberto Moravia y Elio Vittorini, contribuyeron a la ruptura con la tradición académica. El estilo de Pavese, --que en esencia se mantuvo a través de sus nueve novelas cortas--, reflejaba elementos autobiográficos apenas disimulados en maestros de escuela, estudiantes de leyes, ingenieros y mecánicos. Particularmente autobiográfica resulta Il carcere, escrita durante el exilio, y La luna e i faló, descrita por el autor como la saga histórica de su propia época, y que narra el retorno de un aldeano a su villa natal en las montañas, después de muchos años de ausencia en América, para encontrar que los recuerdos que dolorosamente había abrigado en su memoria acerca de su idílico pasado se han desintegrado en el presente. Sus temas incluían con frecuencia el amor, la soledad, la muerte y el paraíso perdido de la inocencia. El pasado, reflejado en la campiña piamontesa, constituyó un importante elemento en su obra, que a menudo ponía de relieve el contraste de la cittá con el paese. Su admiración por los campesinos, sobre todo por su generosidad y capacidad para el trabajo y la vida sana, se refleja en La casa in collina , cuando el narrador, al preguntársele si cree en Italia, responde sin dudar: “No en Italia, sino en los italianos”. El propio Pavese sostenía que el tema de su obra consistía en la cadencia de la vida o “el ritmo de lo que pasa”. Sus ideas sobre la literatura eran originales; alguna vez escribió: “El arte del siglo XIX giraba en torno al desarrollo de las situaciones... el del siglo XX, en el fundamento estático. En el primer caso, el héroe no era el mismo al principio de la novela que al final; ahora sigue siendo el mismo”.
En sus novelas la tramas se desenvolvían a través de las inquietudes y la tensión creada por los personajes. En una época, Pavese apelaba a un número limitado de lectores de vanguardia. Luego de su muerte, su popularidad creció enormemente, principalmente en Italia y los países de habla española. Los años más fecundos del escritor fueron, también, sus últimos años de vida; entre 1946 a 1950 escribió Il compagno; Tra donne sole (novela adaptada para cine y dirigida por Michelangelo Antonioni bajo el nombre Le amiche) y La bella estate que le valió el premio literario Strega en 1950. Pavese prefería sus Dialoghi con Léuco, serie de meditaciones poéticas sobre la mitología clásica que el crítico americano Leslie Fiedler calificó como “ciertamente su más hermoso y logrado esfuerzo”.

Traición al amanecer

La muerte de Pavese está llena de puntos oscuros y conjeturas en torno a cuáles fueron las causas que lo llevaron al suicidio. Una de las hipótesis manejadas revela que en 1943, de regreso en Turín, se entera de que la mujer que él ama, “la donna della vocce ruocca”, se había casado pocos días antes. Otra de la hipótesis se refiere a la relación que mantuvo con la actriz norteamericana Constance Dowling, --que había conocido en Roma mientras filmaba una película--, y a quien le dedicó su último libro La luna e i faló. Luego de su muerte, sobre el escritorio de su oficina, se encontraron diez poemas dedicados a la actriz.
Una semana antes del trágico final, Pavese sale por última vez de su casa para pasar, según dice, unos días en el campo. Se despide de muchos amigos y escribe numerosas cartas. La decisión está tomada. En vez de dirigirse a la estación, alquila una habitación con teléfono en el Albergo Roma, en la ciudad de Turín.
Desde allí, durante la noche, realiza varias llamadas a sus amigos más próximos y se comunica con Fernanda Pivano, a quien lo une una fuerte amistad. El 26 de agosto un camarero, al no obtener respuesta, fuerza la puerta y encuentra el cuerpo de Pavese vestido y descalzo, sobre la cama. A su lado, en la mesa de luz, están los dieciséis tubos de somníferos que ingirió junto a un ejemplar de Dialoghi con Leucó, su libro preferido.
En el piso se encontró su diario; con fecha del 18 de agosto se podía leer: “Todo lo que se necesita es un poco de coraje. A medida que se acentúa el dolor y que éste se hace más claro y definitivo, más se afirma el instinto vital y el pensamiento suicida retrocede. Parece fácil cuando lo pensaba. Hasta mujeres débiles lo han llevado a cabo. Se necesita humildad, no orgullo. Todo esto es nauseabundo. Hechos y no palabras. No escribiré más”.
Más allá de almidonadas tesis de biógrafos sobre la decisión adoptada
--algunos atribuyen el suicidio a un amor no correspondido por la actriz americana Constance Dowling, otros a la traición de la misteriosa “donna della vocce roucca” como él solía llamarle y a profundas crisis depresivas-- tal vez la explicación sea mucho más sencilla y dolorosa: y es que vivir, también cansa.

Cuatro poemas de Césare Pavese

Y entonces nosotros, los viles

Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
que murmura, las casas,
los caminos del río,
las sucias luces rojas
de aquellos lugares, el dolor
manso y callado
arrancamos las manos
de la viva cadena,
y callamos, mas el corazón
nos estremeció la sangre,
y ya no hubo dulzura,
no hubo un abandonarse
junto al sendero del río
no más siervos, supimos
estar solos y vivos.


In the morning you always come back (1)


La tronera del alba
respira con tu boca
en las calles vacías.
Tus ojos son luz gris,
dulce gotas del alba
en las negras colinas.
Tu hálito y tu paso
como el viento del alba
a las casas sumergen.
La ciudad se estremece
tienen olor las piedras
vida y despertar eres.

Extraviado lucero
en la luz de la aurora,
sonido de la brisa
respiración, tibieza
la noche ha terminado.

Eres luz y mañana.


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba de la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
n grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, cara esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.


The night you slept (2)

También la noche se te parece,
la noche lejana que llora
muda, dentro del hondo corazón,
y las estrellas pasan cansadas.
Una mejilla toca a otra
es un frío temblor, alguien
se agita y te suplica, solo,
perdido en ti, en tu fiebre.

La noche sufre y espera el alba,
pobre corazón que te sobresaltas.
Oh, rostro secreto, negra angustia,
fiebre que aflige a las estrellas,
hay quien, como tú, espera el alba,
mirando tu rostro en silencio.
Estás tendida bajo la noche
como un cerrado horizonte muerto.
Pobre corazón que te sobresaltas,
un día lejano fuiste el alba.


(1) “Por la mañana tú siempre regresas”; en el original está en inglés.
(2) “La noche que dormiste”; también en inglés en el
original.

25 dic 2007

CRÍTICA/ Un gran malentendido

Las conversaciones
César Aira
Beatriz Viterbo editora

Calificación: ... (Haga lo que quiera)

No es fácil hacer una crítica de un libro de César Aira. Cuando no se tratan de historias que, de pronto, sueltan la cadena del realismo para embarcar al lector en una sucesión de entretenidos absurdos, se dan casos de relatos que aburren horriblemente. En cualquiera de las dos posibilidades, siempre aparece la misma disyuntiva al terminar de leer uno de sus libros: ¿Aira es un genio poco comprendido, o uno un completo pelotudo que no tiene las luces suficientes para embarcarse en su descomunal obra?
Algunas cuestiones explican la gra pregunta: parece ser que la necesidad que tiene Aira por publicar lo llevan a constuir sus libros con algunos retazos de experiencias, esbozos de anécdotas y tramas poco resueltas que en pocas páginas le dan forma a un nuevo título para su biblioteca personal. Sus libros pueden ser buenos, bastante buenos o "dejarse leer". Pero siempre, indefectiblemente, uno se queda pensando que, con libro o sin él, nada hubiera cambiado en la vida de un humilde lector que anda buscando algo que lo conmueva.
Las conversaciones es, por el momento, el libro más reciente de César Aira. No es una novela, ni un cuento, ni una memoria. Probablemente la única manera de encontrar un género para su libro es recurrir al título. De manera que no hay ninguna trama, sino más bien una situación: Un personaje que se parece bastante a la imagen que uno puede construirse del propio Aira recuerda por las noches sus charlas con un amigo. El autor nos invita a conocer la reconstrucción que hace su personaje de una de esas conversaciones, una larga argumentación acerca de la presencia de un Rolex en la muñeca de un pastor, en una película ambientada en las cumbres de Ucrania. De manera que tenemos a un hombre que recrea su conversación con un amigo, a la noche, antes de dormirse. Y lo hace con lujo de detalles, repitiendo cada palabra.
La idea, para qué negarlo, no es tan mala. El problema es que Aira tarda 117 páginas en desarrollar esa única discusión. La gran idea que se presenta al comienzo de la "historia" (por así llamarla), nunca despega como uno supone y termina siendo un recursos repetido y aburridísimo. Por si fuera poco, ninguno de los dos personajes que intervienen logran construir argumentos sólidos, ni demasiado originales. Se plantea la cuestión de la verosimilitud (un tema que toca muy de cerca a otras obras de Aira), pero no se lo desarrolla apropiadamente, ni siquiera por milagro. Aparece cierta crítica a la industria del cine, pero no deja de ser un planteo liviano, sin el análisis profundo que podría dedicársele. La conversación entre dos intelectuales que se jactan de sus conocimientos resulta ser bastante poco intelectual y carente de sentido, brecha que aumenta a medida que el libro avanza y no se avizora nada que modifique esa impresión. El lector, mientras tanto, se aburre mientras busca con desperación algún argumento, idea u originalidad que justifique el libro, el tema, las páginas que se suceden con más de la misma nada. Entonces aparece el final y Aira de pronto resuelve el largo intríngulis que trazó a propósito del famoso Rolex. El lector se emociona: "Acá está la genialidad", piensa. Sin embargo no pasa nada. O, mejor dicho, Aira se despacha con una tamaña estupidez que empieza a inclinar aquella disyuntiva inicial hacia una de las respuestas posibles. Siempre queda la posibilidad de que todo sea una burla del escritor, por qué no: que su libro vacío sea una parodia de la imagen del intelectual; o de la imagen que de él mismo se estuvo construyendo en los círculos literarios. En ese caso (y una vez más), la disyuntiva eterna que plantean los libros de César Aira sigue sin tener solución.

Enzo Maqueira

11 dic 2007

Entrevista a Santiago Kovadloff


En esta charla, el ensayista y poeta habla acerca del proceso de creación en la literatura, cómo es escribir para chicos, y la influencia de Pessoa en su escritura y en su vida. Además, analiza las formas de concientización del uso del lenguaje en la comunidad.

Por Federico von Baumbach

Emplea el lenguaje como una herramienta, como un instrumento que mide la intensidad de cada palabra: la importancia de pronunciar su significado en el instante que corresponde. Construir un discurso. Buscar incansablemente la entonación de cada texto.
Utiliza el lenguaje para conocerse, palparse, tantearse: explorarse. Su identidad está en plena construcción. Siempre. Santiago Kovadloff sólo es el registro de un convencionalismo cultural: todos debemos poseer un nombre. Pero su personalidad desborda ese nombre. Lo alberga y lo supera. Inacabadamente. Y es en el juego de escribir donde encuentra esa indeterminación, ese espacio de contención tan provisorio como es el ensayo.
Juega a biografiarse en una especie de espejo deformante, que despliega en el acto de escritura, hasta desdoblarse. “Miro esa imagen y me veo al no reconocerme”, escribe. Luego sonríe. Y espera...

En su último libro de ensayo, Una biografía de la lluvia, en el capítulo El acto de escribir, usted hace hincapié en la importancia que tiene el proceso de creación durante el acto de escritura. ¿Cuáles son los sentimientos o las emociones que pasan por su mente y su cuerpo mientras está dentro de ese proceso? ¿Qué imágenes aparecen

La experiencia de escribir es vertiginosa. No necesariamente porque se desarrolla con velocidad, sino porque se desarrolla en una dirección que normalmente no está preestablecida. Cuando la dirección está preestablecida, no diría que llevamos adelante una experiencia de escritura, diría que lo que hacemos es más bien trasladar al papel lo que de algún modo ya tenemos claro o concebido. Pero para mí el auténtico escritor no es el que traslada al papel lo que ya ha comprendido, sino el que va buscando, mediante la escritura, la configuración de lo que quisiera entender. Habría allí una simultaneidad entre el proceso de enunciación y el proceso de configuración de lo enunciado. Cuando esto tiene lugar, la alegría de estar viviendo una aventura, y lo extenuante de estar viviendo una aventura, van juntos. Normalmente lo que proviene de una experiencia de esta índole, sorprende, ante todo, a su propio redactor. Una vez escribí algo en lo que creo profundamente: “Uno no escribe para decir lo que sabe, sino para llegar a saber lo que quiere decir”. Y esto es, a mi modo de ver, fundamental en la escritura, con independencia del género. Desde el artículo más intrascendente en apariencia, desde el punto de vista del proceso creativo, hasta el poema, el ensayo, o el cuento que se esté abordando. La experiencia de creación es la de sentirse disparado en una dirección imprevisible. Y las emociones son muchas. La alegría de componer es muy grande, el agobio de no saber es muy grande, la paciencia puede llegar a ser grande, si uno se vuelve un veterano de guerra, aprende a esperar. No hay textos que surgan con facilidad en su versión definitiva. Pero este es el repertorio o el abanico de emociones que recorren mi sensibilidad.

¿La búsqueda de la palabra exacta para la entonación del texto, también es parte de ese proceso?

Creo que todo proceso creativo, en mi caso, implica dos pasos. El primero es tratar de configurar un campo temático a través de las palabras espontáneamente disponibles. El segundo, que es el de la escritura propiamente dicho, es el del afinamiento o afinación de esa enunciación, para que pueda tener el mayor porte estético posible, y la mayor transparencia emocional posible. En un género como el ensayo, lo que importa es la intensidad en la enunciación de las ideas. Aquellas ideas que nos toman o se adueñan de nosotros, uno debe tratar de expresarlas con la intensidad con que las vive, para que a su vez se vuelvan comunicativas. No es la mera transmisión de un contenido, es, básicamente, el impacto de una idea sobre una sensibilidad, que se traduce como intensidad. Y en este trabajo hay un segundo momento, que es el de la corrección, de la búsqueda, del perfeccionamiento de la enunciación, que abarca desde la eufonía de la frase, hasta su poder de sugerencia. Este trabajo es lento, infinitamente perfectible, casi siempre. A veces, no. A veces uno advierte leyendo un texto que compuso hace muchos años, que no lo podría escribir mejor. Lo cual habla no de la perfección del texto, sino del límite del compositor. Pero el momento culminante de la experiencia creadora es la tachadura. Ahí te sentís un trabajador.

¿Cómo se le ocurrió escribir sobre el insomnio –uno de los temas que también aparece en “Una biografía de la lluvia”- abordar la idea de estar presente sin estar despierto?

A fuerza de frecuentarlo. Me pareció que podía sacarle el jugo a la imposibilidad de dormir. Empecé a observar lo que veía cuando estaba insomne, lo que vivía, lo que procesaba el insomne, me puse a estudiar sobre el tema, tomaba mis notas sobre lo que vivía, y así fue surgiendo ese ensayo, que es uno de los ensayos de autoobservación más intensos del libro. Observaba y tomaba nota: eso le daba al hecho de no poder dormir un sentido. Después descubrí un club de insomnes cuando lo publiqué, porque parece que el ensayo tuvo muchos adeptos.

Edgar Allan Poe establecía una distinción entre la poesía y la prosa. Afirmaba que si uno quiere buscar la belleza en aquello que escribe, debe remitirse a la poesía, ya que la prosa expresa la búsqueda de la verdad. ¿Está de acuerdo con esta distinción? ¿O cree que la literatura es un arte estéticamente unificado, donde no es necesario establecer esa clase de distinciones?

La distinción de Poe no me parece feliz. ¿Qué es la verdad? Si la finalidad de la prosa es buscar la verdad al precio de la belleza, me cuesta creer que la haya entendido bien qué es la verdad. Y por otro lado, no siempre en la poesía hay belleza. Depende del poeta, depende del poema, depende de los poemas del poeta. Y por qué no habría de haber verdad en la poesía. Quién puede no sentir, palpar, la presencia de la verdad en la lectura del Infierno de Dante. Todo depende, entonces, de la posibilidad de entender a qué se remite con los términos. La belleza es la transparencia de una presencia. Cuando una presencia logra transparentarse, hacerse evidente, diría que hay belleza: epifanía. Y diría que hay verdad cuando, justamente, esa presencia alcanza a tener una incidencia persuasiva en nuestro entendimiento, en nuestra comprensión. Lo verdadero no es lo inequívoco, es lo imprescindible para uno. No hay géneros literarios, entonces, que tengan el monopolio de una cosa o la otra. He leído artículos periodísticos de una belleza enceguecedora, y novelas profundamente aburridas. Los géneros no garantizan el cumplimiento de uno u otro requisito. Más bien es el modo de ejercerlos el que le da la pauta de si estamos ante algo bello y verdadero, o no. Nunca creí en el contenido inequívoco de los géneros.

¿Qué es lo que más admira de la personalidad y la obra de Fernando Pessoa, para que haya sido, y siga siendo, una de las influencias más importantes en su formación como escritor?

Se me impuso como una presencia verdadera (volviendo a la pregunta anterior). Lo que admiro en Pessoa, lo podría resumir en un verso que él le atribuye a Ricardo Reis: “Lo que en mí siente, está pensando”. Esa posibilidad de convertir la emoción en reflexión, la reflexión en emotividad. Su hondo sentido de la composición dramática (en el sentido teatral del término), su capacidad para ejercer la versatilidad en los modos de enunciación, de conformidad con lo que le interesa plasmar en un caso o en otro, su sentido del humor extraordinario, y la perfección de su domino del idioma portugués. Para mí Pessoa es en Portugués lo que Borges es en español. La prosa de Pessoa es de una singularidad inconfundible. Es, a su manera, un Borges.
Empecé a leerlo muy joven. Y sigue siendo para mí una compañía casi diaria. Aun cuando no lo este traduciendo, siento el placer de leerlo. Pero lo que le debo primordialmente a Pessoa, se lo debo también a Rilke, que es la conciencia de que el escritor es un artesano. Es un hombre que se calza los guantes, y trabaja para tratar de darle a su enunciación la hospitalidad indispensable, como para que el otro al leerlo se encuentre consigo mismo.

¿Qué posibilidades de expresión habilita el hecho de escribir para chicos que no proporciona la escritura para adultos? ¿Y qué posibilidades o efectos de sentido abre la literatura para adultos que no pueden trasladarse al género infantil?

Me parece que es muy difícil desprenderse en la literatura para niños de una cierta actitud de cuidado hacia el lector. Cuidado en cuanto a preservarlo en el marco de una percepción que no conoce el desencanto todavía, ni el dolor. En esa medida, uno escribe como cómplice del niño, entra en ese mundo que presume que es el de él, y lo acompaña a través de un pronunciamiento que participa de sus fulgores, de sus valores. En la literatura para adultos no hay concesiones de ninguna índole. Soy implacable conmigo cuando escribo, en el sentido de que me interesa mucho más conocerme que tener razón. Y eso tiene sus costos para el que lee también. La única cortesía que creo indispensable es la de escribir bien (si uno puede).
Siempre tengo la impresión de estar hablando con un chico cuando escribo para chicos. Estar conversando con uno o más. Pero también como importante es haber asistido al modo en que mi hija menor empezó a hablar. Haber visto como se desplegaba el lenguaje. Eso me maravillo. Ese pasaje del sonido al sonido articulado. Eso me pareció extraordinario. Ahí escribí unos cuantos cuentos. Motivados por cosas que tienen que ver con la palabra, con la presencia de las cosas antes los ojos. Por eso leo con frecuencia literatura infantil, me interesa mucho. Creo que la literatura para niños que producimos en la Argentina es excelente. El lector de los cuentos infantiles que uno escribe –el niño o la niña- normalmente es de un grado de compromiso con el escritor, cuando entran en contacto con él, extraordinario. Siempre es muy grato ver la naturalidad con que el mundo fantaseado se convierte en verdad.

¿Ser consciente de ser un sujeto en falta (tomando este término desde la concepción lacaniana) le ayuda a la hora de escribir?

Sí. Me ayuda a ser paciente. Si hay algo inexplicable, es la gracia. Tener gracia para escribir. La gracia en el sentido teológico de la palabra. El talento es un verdadero misterio, es un don. Es inexplicable que uno articule las palabras de cierta manera que le resulten significativas a otro. No sé como se hace eso. Que es lo que uno sabe: equivocarse. Es altamente improbable escribir una página perdurable. Perdurable quiere decir que dentro de 500 años sea leída. De modo que uno siempre se acerca a los tanteos, a los manotazos, sopesando en la medida de sus fuerzas cada vocablo. Pero es precario. No sé como puede uno acceder a la entonación, no entiendo como puede uno convertir las palabras que están ahí en algo tan expresivo. A veces lo logra sin saberlo, pero no se puede uno sentir autor, más bien depositario de un milagro. No me puedo adjudicar el mérito como si supiera de qué hablo. Normalmente que es lo que siento: mi falta. La ineptitud, la dificultad, la insuficiencia.
Saber escribir encierra un peligro, y es repetirse. Uno tiene que estar muy atento, porque en el momento que llega a tener una voz, la explota, y se vuelve redundante. En la medida de lo posible hay que escribir por segunda vez como si fuera la primera.

¿Se ha psicoanalizado alguna vez?

Sí. Actualmente me analizo. Promueve una movilización interna que seguramente redunda en la percepción de determinados temas. Actualmente estoy escribiendo un ensayo, breve, sobre la tristeza, que diría que guarda relación con algunas cosas que estuve viendo en mi análisis.

Si su intención al escribir es construirse ¿cuál cree que será la imagen que de sí mismo se proyectará al final de esa construcción?

Puedo decirte lo que yo desearía. No sé hasta cuando voy a escribir. Mi deseo de hacerlo está tan vivo como a los 15 años. Me gustaría ser leído como un hombre que le habla al oído al que lee. Que está vivo. Sé que irremediablemente la literatura envejece, pero no necesariamente todo lo que uno ha escrito tiene que morir. Tal vez algunas líneas se salven, y signifiquen algo para generaciones venideras también. Yo sólo me he propuesto honrar la hermosura de la lengua y la emoción de pensar. Mis temas en poesía o en prosa son los mismos, hablo de pequeñas cosas, que son las que me deslumbran, las que me sugieren las problemáticas más abismales. Me gustaría escribir sobre un vaso de agua, sobre una silla sola en una casa. Allí encuentro la fuente de inspiración. Creo que allí hay un secreto que si lo sé escuchar, terminaría aprendiéndolo. Me gustaría saber que no traicioné mi vocación. Sentir que fui fiel, que sostuve mi vocación. Que nadie me diga “Fuiste un traidor”. Una vez escribí un poema que dice: “Escribo, escribo, escribo, soy lo que quise, un hombre perdido en su propio lugar”. Y creo que es verdad. Hice de mí lo que quise. Quise ser un escritor y pude serlo. Lo sé porque tengo la alegría de saber que lo hice.

¿La labor de traducir también es parte de esa construcción?

Sí. Para mí uno de los orgullos más grandes de mi vida es ser el traductor de Pessoa. Vale la pena haber vivido para traducir El libro del desasosiego. Estoy convencido. Mi vida está justificada.

5 dic 2007

Confesiones de lector

por Miguel Grinberg
A los 13 años (1950) leía las revistas de historietas Rayo Rojo y Puño Fuerte. Acto seguido descubrí en un quiosco las novelas de Mickey Spillane, donde el detective Mike Hammer describía bien detalladas a las mujeres que desvestía. Unos tíos comunistas me habían regalado La Cabaña del Tio Tom, Las aventuras de Huck Finn y Robin Hood. En el altillo de su casa había paquetes de la revista Leoplán, donde me topé con segmentos –para mí alucinantes– de las obras de Dostoievski y Tolstoi. Otro tío tenía una colección del Selecciones del Reader’s Digest y me las prestaba: leí carradas de relatos condensados sobre la Segunda Guerra Mundial. En casa mi papá no tenía muchos libros, pero me dejó hecho moco uno titulado El Reino de Auschwitz. También compraba en la calle Florida la revista estadounidense Time, para practicar inglés. En el colegio nos atestaban (para memorizarlas), cosas como El Cantar del Mio Cid o La Vida es Sueño. ¡Oh sufrimiento! Hasta que después de una matineé en el viejo cine Cataluña (donde vi por enésima vez Arenas de Iwo Jima con John Wayne) recalé en una librería de usados en el centro de Buenos Aires, Palumbo. Fue la primera vez que entraba a un lugar con tantos libros extraños juntos, nada parecidos a la políticamente correcta Biblioteca del Colegio Nacional Manuel Belgrano. Y maravillosamente baratos para mi juvenil bolsillo. Tras mucho indagar, adquirí dos títulos de Roberto Arlt que me atrajeron por su prosa insolente: Los Siete Locos y Los Lanzallamas. Volví a Palumbo muchas veces. Descubrí la polémica entre los escritores de Florida y Boedo. Y a los otros dos grandes Robertos (Mariani y Payró), a los hermanos González Tuñón, a Raúl Scalabrini Ortiz y a Arturo Jauretche. Letras vivas e intensas que nutrían mi naturaleza anarquista. Ingresé a la Escuela de Arte Escénico de la Sociedad Hebraica, que había fundado David Stivel. Me zambullí en los clásicos: Sófocles, Aristófanes, Esquilo. Una noviecita actriz me introdujo a la poesía de Pedro Salinas y Pablo Neruda. Pero sin imaginarlo, se avecinaba para mí el momento de la verdad. Un día de 1957, una compañera del curso de teatro me prestó un libro que acababa de leer: La Caída, de Albert Camus. Que me calcinó las neuronas. Compré todos sus libros: El extranjero, El Hombre Rebelde, El Verano, Bodas… Fue mi lectura exclusiva durante el verano siguiente en la playa de Mar del Plata. Simultáneamente, mi amigo Zito Kaplansky, que se había ido a Nueva York para estudiar drama en el Actor’s Studio, me mandó una copia del incendiario Howl (Aullido) de Allen Ginsberg. Otra conmoción rebelde en mi alma. Tras leer en la revista Time un artículo sobre la Generación Beat corrí a la librería inglesa Pigmalion de San Martín y Corrientes, y encargué las ediciones británicas de On The Road y The Subterraneans de Jack Kerouac. Aquí tradujeron El Disconforme de Colin Wilson. Mi destino contracultural quedó sellado. Escribí mi primer libro de poemas.


Miguel Grinberg es escritor y poeta. Nació en Buenos Aires, en 1937. Especializado en movimientos juveniles y pensamiento prospectivo, entre sus últimas obras se destacan Beat Days/Días Beat (Galerna), Evocando a Gombrowicz (Galerna) y el libro de ensayos La Generación "V" - La insurrección contracultural de los años 60 (Emecé).

29 nov 2007

Entrevista a Juan Gelman, premio Cervantes 2007


por Sáez y Rimondino


En 2003, Carlos Santos Sáez y Adrián Rimondino se encontraban con Juan Gelman para darle forma a una entrevista que saldría publicada en el número 19 de Lea. A pocas horas de que Gelman sea premiado con el Premio Cervantes, queremos recuperar ese encuentro para nuestros lectores virtuales.



¿Cómo será encontrarse cara a cara con el tipo que más ha influido en nuestras vidas? ¿Cómo será abrazar a quien nos enseñó a leer poesía?
Para los autores de esta nota, entrevistar a Juan Gelman era mucho más que sentarse a tomar un café con el más grande poeta argentino de todos los tiempos, era estar cerca del hombre que trazó la imagen del escritor . Desde Gelman se podía ser comprometido y experimental, seductor y emotivo, sin dejar de ser brillante.
Los autores de esta nota charlaron largamente sobre los pormenores del reportaje antes de realizarlo. Releyeron la obra completa. Se asomaron maravillados a sus nuevos poemas. Discutieron sobre influencias, cuestiones líricas diversas, detalles imperceptibles para el ojo humano. Recordaron anécdotas variadas de muertos queridos, minas levantadas con versos ajenos, mujeres que se parecían a la palabra nunca.
¿Cómo sería encontrarse con Juan Gelman?

El momento tan esperado

Tiene las manos grandes el tipo, y saluda con firmeza. Nos sentamos a tomar un café. Gelman pide un cortado. Prendemos el grabador y largamos el rollo inicial, -largamente ensayado-, para romper el hielo. Tratamos de explicar nuestra admiración por su obra y por su persona. No nos hace mucho caso preocupado por otras cosas. “¡Pero esto es un café con leche!” reclama a voz en cuello, se para y va hacia el mostrador. Regresa con una taza más pequeña. “Perdón, pero quería un cortado, no un café con leche. ¿De qué estábamos hablando?” Rebobinar el discurso es imposible. Flota cierto aire de frustración en la escena.

Usted nos marcó la vida... (le disparamos sin anestesia, todavía sin animarnos a tutearlo).
“No fue mi intención”, responde con una sonrisa entre amable y canchera.

¿Usted es consciente de la influencia que ha ejercido su obra sobre varias generaciones de argentinos? (Lo incomoda la pregunta. Se vuelve a parar. Trae un sobrecito de azúcar, lo sacude y lo vuelca en la taza. Sonríe)

“Yo soy un inconsciente, ¿qué les puedo decir? ¿Cómo voy a ser consciente de algo?.” (Dice con voz cavernosa y comienza a reír con fuerza)
Reímos todos, con cierta complicidad sobre algo que todavía no ha sucedido, pero que los tres sabemos.
“Hay una cantidad de tipos que han usado mis poemas para levantar mujeres.” Afirma y nos mira fijo. Le confesamos que nosotros también lo hemos hecho, y le agradecemos la gauchada. Cambiamos impresiones sobre distintos tipos de levantes, sobre qué poemas corresponden a cada mina, y otros temas trascendentes.
“Una vez me pasó una genial,” empieza a contar entusiamado, “resulta que estaba con Mario Benedetti, y con Daniel Viglietti, nos cruzamos acá en Buenos Aires y nos hicieron un reportaje por radio. Era en un café y había chicas y muchachos de la radio. Cada uno había sacado un libro recientemente. Entonces le pidieron a Mario que leyera un poema, cosa que hizo, y después me pidieron a mí que leyera un poema, cosa que hice. Abrí el libro y leí un poema de amor. Cuando terminamos la grabación, una chica que estaba ahí se me acercó y me dijo: ‘¿Ese poema es suyo’?, le digo ‘Sí’. Me dice ‘¡Hijo de puta!’. Le digo, ‘Mire, yo sé que no es muy bueno, pero soy una buena persona’. Dice: ‘no, no lo digo por usted, estoy hablando de un novio que tuve, que me engrupió que me lo había escrito él’.” (Ríe a carcajadas Gelman, con ganas, tiene tanta vida en esa risa que contagia).
No nos damos por vencidos e intentamos hablar sobre la utilidad de la poesía, sobre los temas de su poética y otras yerbas semejantes, pero Gelman quería seguir conversando sobre cosas trascendentes.
“Un gran poeta decía que ojalá sus poemas sirvieran por lo menos para envolver café, que se hicieran cartuchos de café con las hojas escritas, como se hacía antes en los almacenes. Me conformo con que los míos sirvan para encontrar mujeres...” Dice a media voz, con una seguridad apabullante.
Lo contradecimos. Le queremos confirmar que sus versos también sirvieron para que muchos se dedicaran a escribir poemas.
“¿Yo qué culpa tengo?”, se defiende.
Queremos cambiar el rumbo de la charla. Le confirmamos que varias generaciones de poetas han sido fuertemente influenciados por su obra.
“A mí me resulta muy difícil medir todo eso.” (Responde nuevamente incómodo)
Le contamos que la suya es una influencia mucho más que literaria, que la cuestión es leer o no leer poesía, y que sus libros crean lectores de poesía.
“Bueno, me alegro que sea así.” (Quiere terminar con el tema)
Mientras tanto, Franco (también emocionado) ronda la mesa y lo fotografía. Gelman fuma de tal manera que provoca ganas de fumar. Ríe con tantas ganas que contagia la risa. Tensa cada palabra con tanta voz que convence de la posibilidad del poema.
“Cada poeta encuentra y respeta su propia voz.” Dice pausadamente, casi subrayando. “Cada poeta propone algo distinto. Eso es lo extraordinario en la poesía, ¡tantos buenos poetas, tanta riqueza, tanta variedad!, la misma que hay entre los seres humanos. En eso nos parecemos todos, en que todos somos distintos. Eso es lo que pasa con los poetas.”
Damos vuelta alrededor de sus obsesiones: el amor, la niñez, la revolución, la muerte, y nos trasladamos a su casa en Villa Crespo, en la década del 30, cuando empezó a escribir poemas, a los ocho o nueve años.
“Era un semi conventillo eso. Una de esas casas chorizo, largas.” Le gusta recordar ese lugar y esa época. Habla con soltura y alegría. “Vivíamos nosotros en la parte de abajo, con mi hermano mayor, mi hermana y mis viejos, desde luego. Arriba vivían unos señores de los que no tengo muchos recuerdos. Lo que sí me acuerdo es que eran tipos que les gustaba ir a cazar. Entonces mi hermano, que me llevaba casi veinte años, los acompañaba para llevarles el morral. Cada vez que los acompañaba, le pagaban con una liebre o dos. Esa noche había fiesta en la cocina.” Cuenta con pasión. Tiene más ganas de mostrarnos un álbum de fotos viejas que de desmenuzar su poética. “Después nos mudamos a una casa, cerca de ahí, pero ya era una casa. Estábamos mejor, la familia estaba mejor.”
Villa Crespo, Atlanta, la milonga, allí empezó a escribir Juan Gelman.
“En joda me gusta decir que empecé a los nueve años”. Sonríe melancólico bajo los lentes oscuros que no se sacó en toda la entrevista. “Por otro lado es cierto, a los nueve años me enamoré de una vecinita de once. Entonces le empecé a mandar poemas que yo le saqueaba a Almafuerte y le decía que eran míos ¡Yo también hice eso!. Y nada… no había caso… no la podía convencer. Entonces dije, ‘bueno, si no la convenzo con Almafuerte a lo mejor la convenzo yo’. Empecé a escribir versos, pero tampoco la podía convencer. Entonces me di cuenta de que el tema era otro, de que el amor pasaba por otro lado.”
Intentamos entonces, recrear el momento en que uno se da cuenta de que la poesía, ya no es solamente una manera de expresar un sentimiento.
“Y habrá sido a los veinte años, más o menos.” Confiesa. “Con el grupo El pan duro. En el 54. Ahí estaban Héctor Negro, Carlos Somigliana, Hugo Di Taranto. El propósito era editar, pero también era una especie de encuentro donde hablábamos de poesía y de todo lo que venía a cuento. Después, en los 60 se acercó gente como Juana Bignozzi. Pero el grupo inicial estaba ahí. Hacíamos recitales en clubes y cada uno presentaba un libro. Entre nosotros votamos cuál era el orden de aparición, y me tocó salir primero con Violín y otras cuestiones, que se publicó en 1956. Una vez que hicimos un recital apareció Raúl González Tuñon, leyó el libro, le gustó y le escribió el prólogo. Casualmente ayer estaba en una disertación, y estaba Nélida, su viuda, que me dejó una carta.”
El recuerdo de Raúl González Tuñón ocupa una gran parte de la conversación.
“Admiro de González Tuñón, en primer lugar, su poesía, y también su actitud vital. Era un hombre muy libre, muy generoso con los jóvenes que se le acercaban. Irradiaba una influencia que no era sólo a través de los libros, sino que era una cosa personal, lo que hoy se podría considerar una pérdida de tiempo, como salir a tomar una ginebra o un café con la gente joven que lo iba a ver. Realmente yo lo quise mucho, aparte de que me parece un gran poeta.”
Aprovechando su entusiasmo le preguntamos cuáles son los grandes poetas de la literatura argentina. “Tenemos bastantes. Tenemos a Oliverio Girondo, a Juan L. Ortiz, a Edgard Bailey, a Francisco Madariaga, a Paco Urondo…La poesía argentina siempre ha sido una cosa que, a pesar de todo, no se agotó. Hoy hay grandes poetas como Jorge Boccanera. Atención, que es un caso serio. Acaba de publicar un libro que se llama Bestias en un hotel de paso, que me parece extraordinario.”

Nos lanzamos a fondo y nos animamos a tutearlo: De tus cuatro primeros libros, Gotan es el primer signo de rompimiento. A partir de ahí, la evolución es constante. Tu poesía se fue complejizando. Pero por otro lado, siempre tuviste una intención enorme de difundir el género. Recordamos tus trabajos con el Tata Cedrón, diciendo poemas, él musicalizando... que terminaron con una ópera en la Boca, en el año 74, que se llamaba “El gallo cantor”.

“Eso era una cantata (corrije inflexible). Estrenamos una especie de ópera en el año 72. Se llamaba la Bicicleta de la muerte”.

Tratamos de disimular el error: Tu obra se fue complejizando, pero siempre quisiste que la poesía fuera popular. A través de la música, de recitales... Sin embargo, no hiciste ninguna concesión para que el público la entendiera mejor.

“Desde el punto de vista de la escritura, nunca pensé en el público. Lo siento mucho, pero es así. No se puede ser infiel a uno mismo, porque estás siendo infiel a tus lectores. En ese sentido, yo creo que no incurrí en concesiones. Pude haber cometido errores en todos estos años, pero nunca tuve la voluntad de hacer poesía popular. Hago la poesía que me sale, ¿qué otra cosa les puedo decir?. La poesía no es una cuestión de voluntad. A diferencia de la prosa, no se puede uno sentar a escribir poesía. Eso es imposible.”

¿Trabajás muchos los poemas?

“No, pero tiro. Este último libro (Valer la pena) tiene unos ciento treinta poemas breves, pero debo haber tirado muchos más. Cuando el poema no está logrado, corregir mucho es deformar. Estará bien o mal, pero es lo que me ocurre, lo que he hecho. Hay poetas que, efectivamente, corrigen mucho, pero no es mi caso. Aunque estés encima constantemente, no terminás un poema. Se cansa el lector y se cansa el poeta”.

¿Le interesará realmente lo que le preguntamos? Ante la duda, seguimos. ¿Cómo surge la idea de Los poemas de Sydney West, de ese rompimiento y búsqueda de otra estructura de poesía?

“Lo que pasa es que yo estaba demasiado metido en problemas. Aparte, la situación general del país era jodida en el ‘64.”

Como siempre...

“Sí, pero no tanto como ahora. Y, bueno, estaba encerrado en eso. La intimidad es una parte de la subjetividad pero no es toda la subjetividad. Te encerrás ahí y dejás de recibir y escuchar al mundo. Entonces dije, bueno, vamos a invitar un tipo, que no soy yo, a ver qué dice. Primero me salió un inglés, que escribió un montón. Después vino un japonés, pero que, como buen japonés, escribió muy poco... `hombre blanco querer aprovechar hombre amarillo´ (Risas). Después apareció Sidney West, que son poemas que incluso escribí en redacciones y cosas por el estilo. Ahí me parece que, lo que me preocupaba (yo tenía casi cuarenta años) era la idea de la muerte, una idea que, no sé a ustedes, pero a uno lo acecha cada vez que redondeás los cuarenta, los cincuenta…”

Allí surgen los lamentos…(Nos referimos a los títulos de los poemas de ese libro).

“Claro.”

No desconcertamos ante su nueva parquedad, pero seguimos: Los poemas de Sidney West es uno de los libros de poesía más bellamente editados en la Argentina.

“Eso lo hizo Willy Schavelzon, en Galerna. Yo le había propuesto hacerlo como salió una vez un libro de Raúl González Tuñón, que venían la tapa y las hojas sueltas, de modo que si vos querías podías pegar un poema en la pared, tirar los demás, usarlo de otro modo... Era el papel que se usaba entonces para envolver la mortadela en los almacenes”.

Gelman está ahora esperando otra pregunta, parece divertirle nuestro desconcierto. Ahora estás viviendo en México, ¿es definitivo?

“Bueno, todo lo definitivo cambia. Pero por ahora sí, claro”.

Te fuiste de la Argentina en el año 75.

“Sí, pero a Europa. Primero a Italia como corresponsal de Crisis (la mítica revista de los setenta dirigida por Eduardo Galeano). Después con el tiempo me reciclé como traductor supernumerario. (Se detiene y recuerda algo) Había una película de Pepe Arias, que no sé si ustedes se acuerdan... yo me cagaba de risa de la palabra supernumerario. México vino después”.

¿Porqué no volviste en el 84, cuando terminó la dictadura?

“Había un juez que me había abierto un proceso, no sólo a mí, sino también a un grupo de compañeros. Y a mí nadie me dio noticias. Yo estaba por volver, en el ´84, y un amigo me dice: ‘mirá, Juan, acá tenés un juicio abierto, si venís te meten en cana´. Después empezaron todas las historias, hasta que a fines del 87 pude volver, aclarar la situación, y la Cámara Federal ordenó el sobreseimiento. Yo tenía prisión preventiva, pero para que yo volviera, el juez me fijó una caución de veinte mil dólares para no ir en cana. Me acuerdo que en Página/12 salió en ese recuadrito de tapa, un tipo diciéndole a un juez: ‘oiga, pero no es el de la mayonesa, ¿no?’. Mi nietito mexicano, que tiene cinco años, está convencido que soy el dueño de la mayonesa”. (Nuevas risas)

Aprovechamos su buen humor. Así como recordamos la casa de Villa Crespo, ¿cómo fue la primera casa del exilio?

“Fue en Italia, la agencia de noticias para la que trabajaba tenía una especie de departamentito para visitantes, así que me dejaron vivir ahí. Estaba en el centro histórico. Una vez fui a recibir a un compañero que llegaba a Italia también, que yo iba a alojar, y entonces me dice: ‘¿dónde vivís?’. Le digo: ‘ahí, enfrente del Mercado´. Me dice: ‘Ah, qué bien... se puede comprar verdura fresca’. Le digo, ‘mirá, cerraron ahí los boliches hace dos mil años...’ Es curioso, porque el departamento era una especie de palacio chico. Estaba elevado sobre ladrillos romanos; y en el sótano todavía había restos de frescos romanos. Eso es lo que pasa en Roma, hay tres ciudades encimadas. Y ahí lo habían divido en departamentos chicos, era una especie de conventillo también. Todo el mundo se conocía. Había una señora que había sido enfermera en la Primera Guerra Mundial. Y teníamos una gran relación, hasta que me vio lavando platos y me retiró el saludo. Un hombre no puede mostrarse lavando platos en Roma.”

Ahí aparecieron los poemas de Exilio, el libro que hiciste con Osvaldo Bayer.

“Sí, con él. A pesar del exilio y de la militancia política, la poesía siempre estuvo ahí. Pero a veces se interrumpió durante un tiempo. Así ocurrió en el exilio. Desde luego hay ciertos vaivenes de la vida que, por lo menos en mi caso, te impactan de tal manera que... Además hay otra cuestión. Yo escuchaba italiano todo el tiempo, y es una lengua muy líquida, que se te mete en la oreja, y no tenía nada que ver con lo que yo sentía. Salía de una dictadura, después de todo lo que pasó, y no podía escribir. Lo que hice para sacarme eso de encima fue escribir sonetos pornográficos en romanesco, en dialecto de Roma, que es bastante parecido al lunfa, ¿sabés?, en la cuestión de los sonidos, en el cambio de sonidos... como cuando Carlitos (Gardel) dice por ahí ‘sertimientos’. Ellos también cambian una letra por otra. Y de ese modo, conseguí sacarme eso de la oreja. Cuando trabajaba en la agencia me había inventado un personaje que se llamaba el nono; escribía los sonetos, iba al laburo y los tanos se cagaban de risa.”

Escucharías más tango que nunca... ¿siempre fuiste un fanático del tango?. Nos acordamos de poema “Anclao en París”, tus trabajos con el Tata Cedrón...

“Hay un cariño irónico en todo eso. Yo fui milonguero. A los quince años salíamos a bailar con toda la barra. En Atlanta lo escuché a Pugliese por primera vez”.

De tus libros, ¿cuál es el que sentís más importante?

“A mí me gusta Los poemas de Sidney West. Después, en general, y como le pasa a todo el mundo, hay una gran insatisfacción. Por eso uno no puede ver bien qué le pasa a los demás con su obra.”

¿Pensás que te van a dar el Premio Nobel? Te lo preguntamos porque un grupo de lectores de la Patagonia nos piden que nos hagamos cargo de pedir el Nobel para Juan Gelman.

“No se hagan cargo. No jodan. Yo soy de Atlanta, ¿cómo me van a dar el Nobel?”
Prende su décimo cigarrillo y se frota un poco los ojos. Todavía le queríamos decir muchas cosas. Todavía le queríamos preguntar tantas más. Pero nos dimos cuenta que Juan Gelman ya había dicho todo lo que quería decir. Nos levantamos y no pudimos evitar darle un abrazo. El tipo medio sonrió y aceptó nuestras efusiones.
Se fue de la cafetería con el mismo aire despreocupado con que una hora antes había llegado hasta nuestra mesa. A nosotros todavía nos duraba la emoción, la misma que sigue presente mientras escribimos estas palabras.
“¡Quién pidiera agarrarte por la cola fantasmanieblamagiapoesía!”