por Nelson Díaz
Poeta, novelista y un excelente traductor de la literatura norteamericana, la vida y obra de Cesare Pavese transcurrió entre dos aguas: su amada campiña piamontesa y la indiferente ciudad; el totalitarismo de la Italia fascista y su realismo libertario; los últimos estertores del hermetismo italiano (o neohermetismo), --entre los que se encontraban Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo y más tarde Alfonso Gatto y Vittori Sereni-- y la forma épico-narrativa planteada en su obra como modelo de ruptura y transición. Tenía 42 años cuando decidió suicidarse. Su cuerpo fue encontrado en Albergo Roma, un pequeño hotel de Turín. Había dejado escrito, en la primera página de su libro Dialoghi con Leucó y a modo de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagáis demasiados comentarios”.
Desde Turín con dolor
Pavese nació el 9 de setiembre de 1908 en el seno de una familia compuesta de cuatro hermanos, cuando sus padres se encontraban veraneando en su granja de Santo Stefano Belbo, una pequeño pueblo piamontés al norte de Italia. A los seis años, su padre Eugenio Pavese, que era juez en la corte de Turín, murió de cáncer cerebral. Introvertido, distraído, asmático y miope, el joven Cesare se vio obligado a usar gruesas gafas desde la adolescencia, recibiendo poco apoyo emocional de su taciturna y poco efusiva madre, Consolina Mesturini Pavese. El mismo año que su padre murió, su hermana María se enfermó y la familia debió permanecer en el Piamonte durante un año. En la escuela local fue donde nació su profundo amor por la campiña piamontesa, la que exploraba con los hijos de los granjeros. En su diario escribió: “Si es que hay un estilo en mi poesía, es el del niño fugitivo, que vuelve con alegría a su aldea” .
Agobiada por las deudas, su madre decidió vender la finca cuando Pavese tenía 10 años, en un infructuoso intento por mejorar las finanzas de la familia. Comenzaron a frecuentar en verano un pequeño pueblo llamado Reaglie, cerca de Turín, aunque Cesare regresaba a menudo para visitar el escenario de su niñez, que más tarde utilizaría en sus autobiográficas novelas. Vivió en Turín con su madre hasta su muerte en 1930, año en que comienza a compartir el apartamento con su hermana casada y su familia.
Su educación continuó en Turín; primero en una escuela jesuita, más tarde en el Gimnasio Moderno. A los 16 años ingresó en el Liceo Massimo D´Azeglio, donde conoció a Augusto Monti, profesor de literatura italiana, quien lo persuadió para que estudiara griego, despertando así el interés por la mitología, que perduró hasta el final de su vida. Pavese dedicaba largas horas a la lectura de obras en griego y también a la literatura italiana, inglesa y norteamericana, la que incluía la poesía de Walt Whitman.
Tierra roja, tierra negra
Fue en el último período de su adolescencia cuando Pavese “oyó” por primera vez la “voz absurda” del suicidio, cuando uno de sus pocos amigos se quitó la vida. Cuatro años antes, en la turbulenta atmósfera política de Turín, había experimentado una conmoción a causa de la matanza llevada a cabo por los “camisas negras”, que habían dado muerte a 11 personas y heridos a varias más como represalia por el asesinato de dos fascistas, poco después de que Mussolini tomara el poder en Italia. Doce años más tarde, escribiría un poema titulado “Una generazione” (incluido en Lavorare stanca), en el que conmemoraba el luctuoso contecimiento: ”En la cárcel hay obreros callados/ y alguno ya está muerto/ En la calle han borrado los regueros de sangre/ La ciudad, a lo lejos, se despereza al sol/ la gente sale afuera/ Se miran a la cara/ Los muchachos pensaban en la sombras de los prados/ y miraban a la cara a las mujeres/ Pero incluso ellas/ no decían nada y dejaban hacer”.
Las convicciones políticas de Pavese tomaron una orientación más definida en el otoño de 1926 cuando ingresó en la Universidad de Turín. Allí conoció a un grupo de brillantes alumnos antifascistas, entre los que se encontraba el estudiante de Ciencias Políticas Giulio Einaudi quien habría de fundar Casa Einaudi, editorial llamada a ejercer una fuerte influencia entre los intelectuales italianos al publicar traducciones de autores ingleses y norteamericanos y que sería la encargada de editar la obra completa de Pavese. Otro de sus amigos durante la época de la universidad fue Leone Ginzburg, quien más tarde sería profesor de lenguas eslavas en la universidad y editor de La Cultura, revista de crítica literaria editada por Einaudi.
Entregado al estudio de la literatura norteamericana , Pavese terminó su doctorado en letras con una tesis sobre Walt Whitman. Sin embargo, no le fue posible obtener un trabajo permanente como profesor en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Dictó algunas horas de cátedra en varias escuelas: enseñó italiano, inglés, latín y filosofía a alumnos privados y escribió artículos sobre literatura norteamericana para varias revista literarias. En 1934, antes del comienzo de la guerra de Abisinia, en la ciudad de Turín se produjo el arresto de 200 personas, entre las que se encontraba Ginzburg y otros asociados de La Cultura. Acusado de ser el cabecilla del movimiento subversivo Giustizia e Libertá, fundado en la década anterior por Piero Gobetti, Ginzburg fue condenado a dos años de prisión. Carlos Levi, otro de los antiguos compañeros de escuela de Pavese, también arrestado, describió su exilio en una remota aldea en su libro Cristo si è fermato a Eboli, que se convirtió un éxito de librería. Después del arresto de Ginzburg, Pavese se convirtió en el editor de La Cultura, renunciando luego de un año.
El silencio della vocce ruocca
El 13 de mayo de 1935 la policía allanó el apartamento que Pavese compartía con su hermana y encontró cartas escritas por su novia, relacionadas con el Partido Comunista y que, obviamente, lo comprometían políticamente. Fue arrestado junto con un grupo de intelectuales turineses, entre los que se encontraban Augusto Monti, Norberto Bobbio y el propio Enaudi. ¿La causas esgrimidas para el arresto? Actividad política clandestina. Durante el juicio se encerró en un absoluto mutismo para no delatar a “la donna della vocce ruocca”, --la misteriosa mujer con la cual Pavese tenía relaciones--, lo que le valió una condena de tres años de confinamiento en el pueblo calabrés de Brancaleone. En el exilio la idea del suicidio comienza a cobrar más fuerza. La condena, finalmente, fue reducida a un año debido a los graves problemas asmáticos que padecía Pavese.
La correspondencia con su hermana en ese período revela la sensación de soledad y la desazón que sufre; las crisis depresivas se hacen cada vez más frecuentes. Fue precisamente en Brancaleone cuando comenzó a llevar un diario que se publicó después de su muerte con el título Il mestiere di vivere. En su diario, Pavese expuso el juicio que su obra poética le merecía: “Aún no sé si soy un poeta o un sentimental, pero lo cierto es que estos meses atroces constituyen una prueba decisiva. Si, como lo espero, hasta los más grandes descubridores han tenido meses semejantes, digamos que la alegría de componer se hace pagar cara. La vida se venga --y está bien-- si uno le roba el oficio. No es nada la preocupación de componer --el famoso tormento-- frente a la de haber creado algo, y no saber luego qué hacer”.
Luego de la publicación de algunos de sus mejores poemas escritos en el exilio, rompió con su pasado literario y se entregó a escribir novelas. En ellas se repite insistentemente el tema del encierro, especialmente en Il carcere. En 1936, después del exilio, Pavese volvió a sus tareas editoriales en Casa Enaudi mientras era publicado su primer libro Lavorare stanca, por la editorial Solaria en Florencia. Durante este breve período ejerció la dirección en las oficinas de Enaudi en Roma, asociado a los novelistas Italo Calvino y Elio Vittorini, a quienes, junto a Pavese se les atribuye el haber americanizado la literatura italiana al romper con la tradición académica para introducir el elemento vernáculo.
Exceptuado del servicio militar a causa de su precaria salud, Pavese pasó parte de al Segunda Guerra Mundial en Turín. Después de su corta estadía en Roma se trasladó a Serralunga, una villa piamontesa donde se encontraba su hermana. Durante esos dos años se produce la muerte de su amigo Leone Ginzburg en un campo de concentración nazi. Pavese se recluye a leer a Kierkegaard, Milton, las tragedias griegas y a autores del período isabelino. En homenaje a su amigo asesinado, al finalizar la guerra publica la novela La casa in collina, que trataba sobre la resistencia italiana al nazismo y que apareció en un volumen titulado Prima che il gallo canti.
La tierra prometida
Sus primeras traducciones se vieron favorecidas por el encuentro fortuito con Antonio Chiuminatto, un estudiante de Chicago que pasaba el verano de 1929 en Turín. Pavese recibía una importantes cantidad de libros americanos y Chiuminatto le ayudaba a comprender las expresiones idiomáticas y el “slang” americano. Estimulado por la lectura de autores norteamericanos en sus días de universidad, dedicó años al estudio y traducción de obras de literatura norteamericana. Entre los años 1930 y 1934 publicó una larga lista de artículos sobre Sinclair Lewis y ensayos sobre Sherwood Anderson y Walt Whitman, --justamente una tesis sobre el autor de Hojas de hierba, le valió el doctorado en la universidad--. Pavese poseía un extenso conocimiento sobre la continuidad de la literatura americana, estimulado por la visión que tenía de América como “un escenario gigante en el que se representaba el drama de todos con más franqueza que en ninguna otra parte”. En sus novelas se repetía incesantemente el tema del rechazo a la ”città” y la búsqueda del “paese” y que era reflejada, en cierto modo, por la literatura americana ya que los escritores americanos, a pesar de sus orígenes, compartían una literatura en común. Si bien fue un lector entusiasta, familiarizado con escritores del siglo XIX como Herman Melville, Mark Twain, Henry Thoreau y Edgar Allan Poe prefirió los escritores de medio oeste, de principios de siglo y, en especial, a Sherwood Anderson y la poesía de Edgar Lee Masters. Luego de su graduación universitaria tradujo Moby Dick de Melville --considerada hasta el momento intraducible--, Our Mr. Wrenn de Sinclair Lewis (su primera traducción), Dark Laughter de Sherwood Anderson, Portrait of the Artist as a Young Man de James Joyce y David Copperfield de Charles Dickens.
Diálogo con la muerte
Pavese, junto a Alberto Moravia y Elio Vittorini, contribuyeron a la ruptura con la tradición académica. El estilo de Pavese, --que en esencia se mantuvo a través de sus nueve novelas cortas--, reflejaba elementos autobiográficos apenas disimulados en maestros de escuela, estudiantes de leyes, ingenieros y mecánicos. Particularmente autobiográfica resulta Il carcere, escrita durante el exilio, y La luna e i faló, descrita por el autor como la saga histórica de su propia época, y que narra el retorno de un aldeano a su villa natal en las montañas, después de muchos años de ausencia en América, para encontrar que los recuerdos que dolorosamente había abrigado en su memoria acerca de su idílico pasado se han desintegrado en el presente. Sus temas incluían con frecuencia el amor, la soledad, la muerte y el paraíso perdido de la inocencia. El pasado, reflejado en la campiña piamontesa, constituyó un importante elemento en su obra, que a menudo ponía de relieve el contraste de la cittá con el paese. Su admiración por los campesinos, sobre todo por su generosidad y capacidad para el trabajo y la vida sana, se refleja en La casa in collina , cuando el narrador, al preguntársele si cree en Italia, responde sin dudar: “No en Italia, sino en los italianos”. El propio Pavese sostenía que el tema de su obra consistía en la cadencia de la vida o “el ritmo de lo que pasa”. Sus ideas sobre la literatura eran originales; alguna vez escribió: “El arte del siglo XIX giraba en torno al desarrollo de las situaciones... el del siglo XX, en el fundamento estático. En el primer caso, el héroe no era el mismo al principio de la novela que al final; ahora sigue siendo el mismo”.
En sus novelas la tramas se desenvolvían a través de las inquietudes y la tensión creada por los personajes. En una época, Pavese apelaba a un número limitado de lectores de vanguardia. Luego de su muerte, su popularidad creció enormemente, principalmente en Italia y los países de habla española. Los años más fecundos del escritor fueron, también, sus últimos años de vida; entre 1946 a 1950 escribió Il compagno; Tra donne sole (novela adaptada para cine y dirigida por Michelangelo Antonioni bajo el nombre Le amiche) y La bella estate que le valió el premio literario Strega en 1950. Pavese prefería sus Dialoghi con Léuco, serie de meditaciones poéticas sobre la mitología clásica que el crítico americano Leslie Fiedler calificó como “ciertamente su más hermoso y logrado esfuerzo”.
Traición al amanecer
La muerte de Pavese está llena de puntos oscuros y conjeturas en torno a cuáles fueron las causas que lo llevaron al suicidio. Una de las hipótesis manejadas revela que en 1943, de regreso en Turín, se entera de que la mujer que él ama, “la donna della vocce ruocca”, se había casado pocos días antes. Otra de la hipótesis se refiere a la relación que mantuvo con la actriz norteamericana Constance Dowling, --que había conocido en Roma mientras filmaba una película--, y a quien le dedicó su último libro La luna e i faló. Luego de su muerte, sobre el escritorio de su oficina, se encontraron diez poemas dedicados a la actriz.
Una semana antes del trágico final, Pavese sale por última vez de su casa para pasar, según dice, unos días en el campo. Se despide de muchos amigos y escribe numerosas cartas. La decisión está tomada. En vez de dirigirse a la estación, alquila una habitación con teléfono en el Albergo Roma, en la ciudad de Turín.
Desde allí, durante la noche, realiza varias llamadas a sus amigos más próximos y se comunica con Fernanda Pivano, a quien lo une una fuerte amistad. El 26 de agosto un camarero, al no obtener respuesta, fuerza la puerta y encuentra el cuerpo de Pavese vestido y descalzo, sobre la cama. A su lado, en la mesa de luz, están los dieciséis tubos de somníferos que ingirió junto a un ejemplar de Dialoghi con Leucó, su libro preferido.
En el piso se encontró su diario; con fecha del 18 de agosto se podía leer: “Todo lo que se necesita es un poco de coraje. A medida que se acentúa el dolor y que éste se hace más claro y definitivo, más se afirma el instinto vital y el pensamiento suicida retrocede. Parece fácil cuando lo pensaba. Hasta mujeres débiles lo han llevado a cabo. Se necesita humildad, no orgullo. Todo esto es nauseabundo. Hechos y no palabras. No escribiré más”.
Más allá de almidonadas tesis de biógrafos sobre la decisión adoptada
--algunos atribuyen el suicidio a un amor no correspondido por la actriz americana Constance Dowling, otros a la traición de la misteriosa “donna della vocce roucca” como él solía llamarle y a profundas crisis depresivas-- tal vez la explicación sea mucho más sencilla y dolorosa: y es que vivir, también cansa.
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17 ene 2008
Cuatro poemas de Césare Pavese
Y entonces nosotros, los viles
Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
que murmura, las casas,
los caminos del río,
las sucias luces rojas
de aquellos lugares, el dolor
manso y callado
arrancamos las manos
de la viva cadena,
y callamos, mas el corazón
nos estremeció la sangre,
y ya no hubo dulzura,
no hubo un abandonarse
junto al sendero del río
no más siervos, supimos
estar solos y vivos.
In the morning you always come back (1)
La tronera del alba
respira con tu boca
en las calles vacías.
Tus ojos son luz gris,
dulce gotas del alba
en las negras colinas.
Tu hálito y tu paso
como el viento del alba
a las casas sumergen.
La ciudad se estremece
tienen olor las piedras
vida y despertar eres.
Extraviado lucero
en la luz de la aurora,
sonido de la brisa
respiración, tibieza
la noche ha terminado.
Eres luz y mañana.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba de la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
n grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, cara esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
The night you slept (2)
También la noche se te parece,
la noche lejana que llora
muda, dentro del hondo corazón,
y las estrellas pasan cansadas.
Una mejilla toca a otra
es un frío temblor, alguien
se agita y te suplica, solo,
perdido en ti, en tu fiebre.
La noche sufre y espera el alba,
pobre corazón que te sobresaltas.
Oh, rostro secreto, negra angustia,
fiebre que aflige a las estrellas,
hay quien, como tú, espera el alba,
mirando tu rostro en silencio.
Estás tendida bajo la noche
como un cerrado horizonte muerto.
Pobre corazón que te sobresaltas,
un día lejano fuiste el alba.
(1) “Por la mañana tú siempre regresas”; en el original está en inglés.
(2) “La noche que dormiste”; también en inglés en el
original.
Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
que murmura, las casas,
los caminos del río,
las sucias luces rojas
de aquellos lugares, el dolor
manso y callado
arrancamos las manos
de la viva cadena,
y callamos, mas el corazón
nos estremeció la sangre,
y ya no hubo dulzura,
no hubo un abandonarse
junto al sendero del río
no más siervos, supimos
estar solos y vivos.
In the morning you always come back (1)
La tronera del alba
respira con tu boca
en las calles vacías.
Tus ojos son luz gris,
dulce gotas del alba
en las negras colinas.
Tu hálito y tu paso
como el viento del alba
a las casas sumergen.
La ciudad se estremece
tienen olor las piedras
vida y despertar eres.
Extraviado lucero
en la luz de la aurora,
sonido de la brisa
respiración, tibieza
la noche ha terminado.
Eres luz y mañana.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba de la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
n grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, cara esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
The night you slept (2)
También la noche se te parece,
la noche lejana que llora
muda, dentro del hondo corazón,
y las estrellas pasan cansadas.
Una mejilla toca a otra
es un frío temblor, alguien
se agita y te suplica, solo,
perdido en ti, en tu fiebre.
La noche sufre y espera el alba,
pobre corazón que te sobresaltas.
Oh, rostro secreto, negra angustia,
fiebre que aflige a las estrellas,
hay quien, como tú, espera el alba,
mirando tu rostro en silencio.
Estás tendida bajo la noche
como un cerrado horizonte muerto.
Pobre corazón que te sobresaltas,
un día lejano fuiste el alba.
(1) “Por la mañana tú siempre regresas”; en el original está en inglés.
(2) “La noche que dormiste”; también en inglés en el
original.
26 nov 2007
Marihuana y Literatura
por Enzo Maqueira
Cannabis sativa es el nombre científico de la planta de cáñamo o marihuana, de la cual se produce también el hachís. La cannabis acompaña al ser humano desde hace por lo menos diez mil años, simultáneamente al descubrimiento de la agricultura en el Viejo Mundo. En su libro, Castilla cuenta que los restos más antiguos de fibra de cáñamo descubiertos en China y en Turquestán son del siglo XVII a.C. y la alusión más remota tal vez sea de los primeros Vedas. En el Atharva se lo menciona como bebida favorita de Indra, dios guerrero que representaba a los invasores arianos. El nombre sánscrito es sana, que significa “transformación de la rutina sensorial”. Otros nombres con los cuales se designa al cáñamo son igualmente auspiciosos, como “vijohia” (“fuente de felicidad”) o “ananda” (“fuente de vida”).
En África, el consumo del cannabis era frecuente entre pigmeos, zulúes y hotentotes, quienes la utilizaban en sus rituales religiosos y como remedio curativo. Es que, además de sus efectos embriagantes, la marihuana constituía una medicina para muchos pueblos de la antigüedad. La primera referencia escrita que existe en ese sentido data del año 2700 a.C., cuando es citada por Shen Nung, el padre de la medicina china. Algunos cientos de años más tarde, el profeta persa Zoroaster da al cáñamo el primer lugar en el texto sagrado Zend-Avesta, que incluye más de diez mil plantas medicinales.
Hubo una época y un tiempo en el cual el hombre consumía la marihuana sin culpas. Y no fue hace tanto.
Sexo con negros y delincuencia mexicana
La cannabis sativa fue prohibida en 1937, merced a la voluntad de los Estados Unidos. Terminada la Ley Seca, fue necesario encontrar un espacio para que el aparato construido alrededor de esa prohibición mantuviera un sentido y, sobre todo, permaneciera intacto el nivel de vida de un inmenso número de oficiales. La elección recayó en la marihuana, cuyo consumo se había extendido en aquel país – sostenían los funcionarios norteamericanos – por culpa de negros y mexicanos. Claro que había otra razón para prohibir a la marihuana. Durante la primera mitad de la década del treinta, la industria del papel de cáñamo comenzaba a cobrar impulso. Al mismo tiempo, la empresa Dupont patentaba el tratamiento químico de la pulpa de madera. La lucha de intereses entre los productores de papel de cáñamo y pulpa de madera se inclinó rápidamente a favor de éstos últimos, asociados con la prensa y el poder. Había que prohibir el cultivo de cáñamo y modificar la actitud de las población hacia la marihuana para que no prosperara su industria. Y así se hizo.
Un afiche propagandístico de la época muestra a una mujer blanca cayendo de una escalera, con una jeringa de verdes fluidos clavada en su brazo. “El consumo de marihuana hace que las mujeres blancas pierdan el control y sientan ganas de tener relaciones sexuales con negros”, dice el afiche que constituyó la piedra fundamental de un nuevo mito: la demonización de la cannabis.
La responsabilidad de convertir a una planta medicinal en el enemigo público número 1 de los Estados Unidos recayó sobre Harry J. Anslinger, quien por radio y en periódicos difundió la historia de una hierba maligna que crecía en los campos, las márgenes de los ríos y las orillas de los caminos. Anslinger y sus hombres asociaban directamente el consumo de marihuana al aumento de la violencia, principalmente por parte de negros y mexicanos. Estados Unidos había sufrido la gran depresión de 1929 y la inmigración mexicana, dispuesta a emplearse por salarios bajos, era vista como una amenaza para los trabajadores locales. En un país siempre dispuesto a subrayar las diferencias, la demonización de la marihuana llegó de la mano de la segregación racial. De hecho, se decía que los hombres de Pancho Villa la consumían frecuentemente, y que la daban a los niños en las puertas de las escuelas.
Mientras Anslinger avanzaba con su campaña, la Asociación Médica Americana encontraba cada vez mayores indicios de las posibilidades medicinales de la marihuana. Pero la suerte de la cannabis estaba echada y una confusión semántica terminó con sus años de legalidad. Cuando Anslinger testificó ante el congreso que la “marijuana” era la droga mayor causante de violencia conocida por el hombre, la Asociación Médica Americana sólo supo que ese nombre todavía poco conocido hacía alusión a la cannabis sativa dos días antes de la reunión del congreso, cuando ya fue demasiado tarde.
A pesar del éxito de la campaña, la planta fue nuevamente legalizada algunos años más tarde, en la Segunda Guerra Mundial. A través de un filme llamado Hemp for Victory (Cáñamo para la Victoria), el gobierno estadounidense promovía su cultivo para usos bélicos. Con las fibras de la cannabis se fabricaban lonas, aparejos, velas navieras y otros pertrechos de guerra. Por supuesto, cuando terminó la contienda la prohibición fue nuevamente instaurada. Pero, para estas alturas, el discurso de Anslinger se había adecuado a las nuevas necesidades, aún a pesar de contradecir sus dichos anteriores. El padre del prohibicionismo recorrió 1948 afirmando que el uso de la marihuana provocaba que los consumidores fueran tranquilos y pacifistas. “A través del cannabis – decía Anslinger – los comunistas logran que los americanos pierdan el deseo de luchar”
Mientras Estados Unidos demonizaba al cannabis, en Europa la ilegalidad ya había hecho su entrada a partir de la iniciativa de Inglaterra. El plan inglés era usufructuar el consumo de marihuana en sus colonias de Asia y África, en donde estaba muy arraigado, mientras se reemplazaba paulatinamente por el tabaco y el alcohol. Sin embargo, las colonias no aceptaban los nuevos productos occidentales. En Egipto, el hachís (derivado de la cannabis) se convirtió en un símbolo de subversión contra el imperio, y lo mismo ocurría en Argelia, Túnez y Libia, por entonces colonias francesas. Hacia 1925, a solicitud de Inglaterra y con la firma de otras potencias de la época como Francia, Bélgica y España, el cáñamo ya era una sustancia controlada.
Alicia Castilla tiene algo más de cincuenta años, vivió una buena parte de su vida en Brasil y hace algún tiempo regresó a su natal argentina. Con los últimos pesos que salvó del corralito publicó Cultura Cannabis, un compendio de información sobre la marihuana que tiene como objetivo cambiar la percepción que tiene la sociedad acerca de su consumo. La idea de Castilla es desterrar el estereotipo del drogadicto sucio, enfermo y peligroso y demostrar que el uso de “plantas mágicas” es un recurso válido que, además, abre las puertas de la libertad. “La prohibición de la marihuana está en el subconsciente – explica en diálogo con Lea – La sociedad construye al demonio. Se dice que la marihuana es mala, pero el único mal que hace viene del mismo sistema. El único problema que puede tener quien fuma marihuana es saber qué hacer si va preso”. Según Castilla, la marihuana es una droga que está en contra del sistema. “En cambio – dice – la cocaína reverencia al sistema, te dice que tenés que trabajar más y que tenés que ganar más plata”.
Un etcétera azul
Si se trata de liberarse de las ataduras del sistema, no es casual que los artistas se sientan atraídos por la marihuana. Además, surge como la primera de las puertas que es posible abrir para derrumbar los límites establecidos, y a su facilidad de consumo se le agregan algunos datos que son la punta de lanza de quienes piden por su legalización: propiedades medicinales comprobadas, bajo o nulo nivel de adicción y efectos secundarios menos peligrosos que los provocados por el alcohol o el tabaco.
Una de las primeras referencias literarias que existen acerca de la marihuana pertenece al escritor francés Francois Rabelais (1494-1553) quien, en Gargantua et Pantagruelion, dice:
“Por el poder de esta hierba, las sustancias invisibles se dejan ver, tocar y como aprisionar. Con su fuerza y empuje, las grandes y pesadas muelas giran ágilmente para insigne provecho de la vida humana. Y me asombro de que el invento de este uso haya quedado por tantos siglos oculto a los antiguos filósofos, vista la utilidad inapreciable que procura, visto el trabajo intolerable que sin ella, por la retención de las corrientes aéreas, las naves pueden zarpar de los muelles y ser llevados al arbitrio de sus gobernantes. Gracias a ella, las naciones, que la naturaleza parecía conservar escondidas, vienen a nosotros y nosotros a ellas”.
Aunque no dice nada en sus libros, William Shakespeare (1564-1616) sería otro de los escritores que fumaron cáñamo antes de que su consumo se extendiera entre los intelectuales europeos. En 2000, un diario inglés publicó que se encontraron pipas de su pertenencia, con restos de marihuana.
La entrada de la cannabis en los círculos intelectuales europeos data de siglo XIX y fue una de las consecuencias de las invasiones francesas en África. Según Alicia Castilla, un decreto de Napoleón Bonaparte para prohibir el hachís en Egipto, resultó en el gesto necesario para llenar de curiosidad a los artistas de la vanguardia francesa. Napoleón había prohibido el consumo de hachís en aquel país - entonces dominado por Francia – porque quienes lo fumaban “pierden la razón y son tomados por delirios violentos”. No hizo falta mucho más para que Charles Baudelaire, Jean-Jacques Feuchère, Henri Monnier, Delacroix, Roger de Beauvoir y Teóphile Gauthier incursionaran en el mundo de la maría. Baudelaire escribió en el soneto "La vida anterior", los efectos del hachís. Gauthier contó su experiencia en Le club des hachischins:
“Mi cuerpo se disolvía y se hacía transparente. Dentro de mi cuerpo notaba el hachís como una esmeralda chispeante con miles de chispas de fuego. Mis pestañas se alargaron indefinidamente, como despegándose, como hilos de oro desde husos de marfil que giraban espontáneamente a toda velocidad”.
De la misma época es “Coin de tableau”, de Charles Cros (1842-1888), poema incluido en Le Coffret de Santal (1873) con el epígrafe “impresión de hachís”.
Entre los escritores franceses del siglo XIX, pocos incursionaron tanto en las drogas como Guy de Maupassant (1850-1893). Sin embargo, las dosis de hachís, opio, morfina y éter que consumía se debían a la recomendación médica para tratar sus enfermedades. Su compatriota, René Daumal (1908-1944), era consumidor de Tetracloruro de carbono, hachís y opio. A los 36 años murió tras una sobredosis de láudano.
La entrada del cáñamo en la Europa intelectual despide el siglo con Arthur Rimbaud (1854-1891), cuyo poema "Vocales" y un fragmento de las Iluminaciones, hacen clara alusión a la planta. Al final de su vida, el poeta francés utilizaba el hachís para calmar los dolores del cáncer.
Aunque los franceses fueron los más apasionados a la hora de incursionar en el uso de la cannabis, también sintieron interés los poetas ingleses Samuel Coleridge (1772-1834) y William Yeats (1865-1939). Coleridge, además, consumía opio y láudano. Yeats también fumaba opio y participó de experimentos psicológicos con mescalina, una sustancia extraída de ciertos tipos de cactus.
El caso de otro francés, Henri de Monfreid (1879-1974), es digno de destacar; no solo consumía el hachís (hecho documentado en su obra La croisiére du hachisch), sino que además lo traficaba durante sus viajes entre África y Europa.
A principios del siglo XX, el cáñamo comienza a aparecer entre los intelectuales de América. El escritor colombiano Porfirio Barba Jacob (1883-1942) fumó por primera vez marihuana en México, una noche en la cual un diluvio causó más de seis mil víctimas. Jacob era periodista y tuvo que cubrir la catástrofe. De aquella primera experiencia relató: "Yo celebré mis nupcias con la Dama de Cabellos Ardientes. Fue una noche de tormenta horrísona cuando la ciudad se había inundado hacia los barrios obreros y seis mil cadáveres pregonaban la inocencia de la catástrofe...". Barba Jacob es uno de los escritores latinoamericanos que más interés demostró por la marihuana, presente en sus poemas "La balada de la alegría", "La dama de los Cabellos Ardientes", "En la Muerte del poeta" y "Acuarimantima". En 1921, mientras era director de la Biblioteca Pública de Guadalajara, en México, recibió la visita del español Ramón del Valle Inclán. En la biografía que escribió el escritor colombiano Fernando Vallejo, se dan algunos detalles de este encuentro. "De esta visita dieron cuenta los periódicos; de lo que no la dieron fue de que el poeta y su ilustre huésped allí estuvieron fumando marihuana". En 1934, el periodista José Pérez Nuño entrevistó a Jacob en Tampica para el diario "La Tribuna" de México. Conociendo los escándalos que había provocado en muchos países por su consumo de marihuana, le preguntó qué sentía al fumar.
- Me siento una etcétera azul - respondió el colombiano.
La generación Beat
La simbiosis entre literatura y marihuana vivió su época de esplendor durante la década del cincuenta y a principios de los sesenta, con la aparición en Estados Unidos de un grupo de escritores que se conoció como la “Generación Beat”.
William Burroughs (1914-1997), Neal Cassady (1920-1968), Jack Kerouac (1922-1969) y Allen Ginsberg (1926-1998), entre otros, hicieron del consumo de todo tipo de sustancias (principalmente marihuana, mescalina y lsd) uno de los pilares de un movimiento contracultural que luego serviría de apoyo al advenimiento de la cultura hippie.
En El almuerzo desnudo, Borroughs relata sus experiencias con distintas sustancias y sienta las bases de la cultura de los junkies, los jóvenes que exploran sus mentes con el uso de todo tipo de psicotrópicos. El “beat” local, Miguel Grinberg, cuenta en Beat days (Galerna) que los hábitos de Burroughs lo llevaron a eludir el acoso de la Justicia en lugares equidistantes como México, Marruecos y Perú. Burroughs dejó una monumental obra en donde se destacan La máquina blanda y Nova Express.
El caso de Neal Cassady es algo diferente. Consumidor de marihuana y peyote, no publicó un solo libro mientras vivió (El primer tercio se publicó en forma póstuma) pero, según Grinberg, “disfrutó desenfrenadamente”. La vida de Cassady inspiró a los “beatniks”, los adeptos de la generación beat, y sus cartas fueron la clave para que Kerouac creara su prosa espontánea. Cuando Kerouac falleció, Cassady adhirió a una tribu psicodélica intinerante de Ken Kesey, autor de Atrapado sin salida.
Consumidor de marihuana y bencedrina, Jack Kerouac es el autor de En el camino, un libro emblema de los beats. Pero, aunque sus personajes recorren Estados Unidos acumulando experiencias y sensaciones, el verdadero viaje es hacia adentro. De esta forma, los límites legales y morales que rompen no tiene nada que ver con la rebeldía, sino con la esperanza de hallar algo en qué creer. Keoruac y los beats buscaban que Dios les mostrara su rostro, y la marihuana les daba los ojos necesarios.
En una carta que Miguel Grinberg reproduce en su libro, Allen Ginsberg escribe acerca de una nueva evolución del ser humano y dice que “la exploración del espacio es secundaria y sólo triunfante en limitadas áreas de conciencia; por cuanto una evolución o una exploración científica de la conciencia misma (cerebro y sistema nervioso) es la ruta inevitable del hombre”. En tiempos de los primeros pasos de la Revolución Cubana, Ginsberg descree de una Revolución que no construye una nueva sociedad lejos del viejo estilo de conciencia humana. “¿Cómo eludir la rigidez y la éstasis de conciencia cuando la mente del hombre es sólo palabras y sus imágenes son proyectadas continuamente en cada cerebro por la interconectada malla de radio, TV, diarios, telégrafos, discursos, decretos, leyes, teléfonos, libros, manuscritos?”, se pregunta, para luego reivindicar el derecho como poeta a usar marihuana. “Ninguna Revolución puede tener éxito si prosigue la puritana censura de conciencia impuesta al mundo por Rusia y los Estados Unidos – agrega - ¿Triunfar en qué? Triunfar en liberar a las masas de la dominación por los secretos Monopolistas de la comunicación”.
Jaqueados por la guerra de Vietnam, con el mundo partido bajo la tutela de las dos grandes potencias de la Guerra Fría y un mosaico de figuras emblemáticas elevandos voces de cambio, los escritores de la generación beat buscaban un nuevo hombre que nada tuviera que ver con aquél que había llevado las cosas tan lejos. La marihuana, el peyote, los hongos alucinógenos, el ácido lisérgico y la ayahuasca aparecían como medios necesarios para elevar las conciencas y destruir la vieja sociedad.
Pánico y locura
La generación beat y Timothy Leary (1920-1996) llevaron a una buena cantidad de jóvenes de los años sesenta a la búsqueda de la espiritualidad a través del consumo de drogas. Leary fue uno de los inspiradores de la revolución contracultural de la década. Psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard, escribió libros en donde alentaba el consumo de marihuana, lsd, hongos y mescalina para llevar a la sociedad occidental a un nuevo estadio espiritual. Sus obras La política del éxtasis (1968) y La psicología del placer (1969) consituyeron la base del movimiento hippie.
A Leary le pasa factura Hunter Thompson (1937-2005) en su novela Miedo y asco en Las Vegas (1971), llevada al cine en 1998. Tras relatar una estadía en la ciudad del pecado en donde la protagonista principal es una valija repleta de todo tipo de drogas, Thompson termina replanteando las enseñanzas de Leary. A diferencia de lo que ocurre con otros escritores, la experiencia alucinógena que relata Thompson en Las Vegas se emparenta con el caos, el delito y la violencia.
Tampoco tiene una visión optimista del tema el escritor colombiano Fernando Vallejo (n.1942) quien en El fuego secreto (1987) narra historias de droga y homosexualidad, en las calles y cantinas de Medellín y Bogotá. En El desbarrancadero vuelve a asociar a la marihuana con la homosexualidad. Esta vez, al personaje gay – fumador de marihuana – le espera el destino reservado para todos aquéllos que gozan de los placeres prohibidos: el Sida.
La asociación que Vallejo hace entre marihuana y marginalidad se aproxima bastante al mito del drogadicto que hoy prevalece en el imaginario social. Que la marihuana es la puerta de entrada al consumo de otras drogas más peligrosas, que quienes fuman son sucios y vagos, junto con otros saberes populares, dejaron a la cannabis sativa muy lejos de las intenciones que tenían aquellos primeros intelectuales franceses que la consumían con refinamiento y curiosidad estética. A pesar de los mitos, la realidad indica que fumar marihuana está lejos de ser un vicio de grupos aislados de violentos. Según estimaciones de Wilbur Grimson, ex titular de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR), el consumo de cannabis en la Argentina alcanzaría hoy al 10% de la población.
Entre los escritores locales, sin embargo, no parece ser una costumbre demasiado arraigada (ver recuadros). Las referencias a la marihuana no abundan y, de las figuras del Olimpo literario autóctono, sólo se sabe que Julio Cortázar (1914-1984), tras su divorcio de su primera mujer, cambió algunas de sus costumbres y adquirió nuevos hábitos, entre ellos, fumar cannabis.
Una de las razones posibles es que si bien se trata de una droga conocida desde hace siglos, recién en los últimos años experimentó en el país una expansión importante, sobre todo entre los jóvenes (Grimson estima que la mitad del 10% que fuma marihuana está constituida por personas de entre 16 y 20 años, es decir, unos dos millones de jóvenes). El estante de literatura contemporánea argentina es un sitio de las librerías que se reserva a escritores maduros. Para la escena local, un escritor joven tiene más de treinta años y quienes corren desde atrás apenas encuentran resquicios. De esta manera, los estudiantes de Letras que la revista Noticias descubrió fumando marihuana (ver Lea Nº32) en clase tendrán que esperar algún tiempo para dejar plasmadas en sus libros, implícita o explícitamente, sus experiencias con la planta. Es muy probable que, de existir tal cosa, la “literatura del porro” aparecerá en la Argentina recién en algunos años. Mientras tanto, serán solo referencias aisladas como las que ya han comenzado a surgir entre los nuevos narradores o entre escritores “modernos” como César Aira.
Aún así, Alicia Castilla dice que la droga que hoy usan los escritores y periodistas del mundo no es la marihuana, sino el prozac, un antidepresivo que libera la zona del cerebro en donde están alojadas las funciones del lenguaje.
De drogas sabe el ser humano desde sus orígenes, y también los animales que consumen ciertas plantas para alterar su conciencia; como los renos que comen hongos alucinógenos, o los yaguaretés que mastican las hojas de las lianas con las cuales los aborígenes del Amazonas preparan un brebaje mágico. Hombres y animales comparten una misma voluntad de quebrar los límites de la realidad con la colaboración del reino vegetal. Una extraña simbiosis que la literatura supo capitalizar para su desarrollo. Algo así como una escritura universal, hecha por hombres y plantas, escrita con sangre y con savia.
Cannabis sativa es el nombre científico de la planta de cáñamo o marihuana, de la cual se produce también el hachís. La cannabis acompaña al ser humano desde hace por lo menos diez mil años, simultáneamente al descubrimiento de la agricultura en el Viejo Mundo. En su libro, Castilla cuenta que los restos más antiguos de fibra de cáñamo descubiertos en China y en Turquestán son del siglo XVII a.C. y la alusión más remota tal vez sea de los primeros Vedas. En el Atharva se lo menciona como bebida favorita de Indra, dios guerrero que representaba a los invasores arianos. El nombre sánscrito es sana, que significa “transformación de la rutina sensorial”. Otros nombres con los cuales se designa al cáñamo son igualmente auspiciosos, como “vijohia” (“fuente de felicidad”) o “ananda” (“fuente de vida”).
En África, el consumo del cannabis era frecuente entre pigmeos, zulúes y hotentotes, quienes la utilizaban en sus rituales religiosos y como remedio curativo. Es que, además de sus efectos embriagantes, la marihuana constituía una medicina para muchos pueblos de la antigüedad. La primera referencia escrita que existe en ese sentido data del año 2700 a.C., cuando es citada por Shen Nung, el padre de la medicina china. Algunos cientos de años más tarde, el profeta persa Zoroaster da al cáñamo el primer lugar en el texto sagrado Zend-Avesta, que incluye más de diez mil plantas medicinales.
Hubo una época y un tiempo en el cual el hombre consumía la marihuana sin culpas. Y no fue hace tanto.
Sexo con negros y delincuencia mexicana
La cannabis sativa fue prohibida en 1937, merced a la voluntad de los Estados Unidos. Terminada la Ley Seca, fue necesario encontrar un espacio para que el aparato construido alrededor de esa prohibición mantuviera un sentido y, sobre todo, permaneciera intacto el nivel de vida de un inmenso número de oficiales. La elección recayó en la marihuana, cuyo consumo se había extendido en aquel país – sostenían los funcionarios norteamericanos – por culpa de negros y mexicanos. Claro que había otra razón para prohibir a la marihuana. Durante la primera mitad de la década del treinta, la industria del papel de cáñamo comenzaba a cobrar impulso. Al mismo tiempo, la empresa Dupont patentaba el tratamiento químico de la pulpa de madera. La lucha de intereses entre los productores de papel de cáñamo y pulpa de madera se inclinó rápidamente a favor de éstos últimos, asociados con la prensa y el poder. Había que prohibir el cultivo de cáñamo y modificar la actitud de las población hacia la marihuana para que no prosperara su industria. Y así se hizo.
Un afiche propagandístico de la época muestra a una mujer blanca cayendo de una escalera, con una jeringa de verdes fluidos clavada en su brazo. “El consumo de marihuana hace que las mujeres blancas pierdan el control y sientan ganas de tener relaciones sexuales con negros”, dice el afiche que constituyó la piedra fundamental de un nuevo mito: la demonización de la cannabis.
La responsabilidad de convertir a una planta medicinal en el enemigo público número 1 de los Estados Unidos recayó sobre Harry J. Anslinger, quien por radio y en periódicos difundió la historia de una hierba maligna que crecía en los campos, las márgenes de los ríos y las orillas de los caminos. Anslinger y sus hombres asociaban directamente el consumo de marihuana al aumento de la violencia, principalmente por parte de negros y mexicanos. Estados Unidos había sufrido la gran depresión de 1929 y la inmigración mexicana, dispuesta a emplearse por salarios bajos, era vista como una amenaza para los trabajadores locales. En un país siempre dispuesto a subrayar las diferencias, la demonización de la marihuana llegó de la mano de la segregación racial. De hecho, se decía que los hombres de Pancho Villa la consumían frecuentemente, y que la daban a los niños en las puertas de las escuelas.
Mientras Anslinger avanzaba con su campaña, la Asociación Médica Americana encontraba cada vez mayores indicios de las posibilidades medicinales de la marihuana. Pero la suerte de la cannabis estaba echada y una confusión semántica terminó con sus años de legalidad. Cuando Anslinger testificó ante el congreso que la “marijuana” era la droga mayor causante de violencia conocida por el hombre, la Asociación Médica Americana sólo supo que ese nombre todavía poco conocido hacía alusión a la cannabis sativa dos días antes de la reunión del congreso, cuando ya fue demasiado tarde.
A pesar del éxito de la campaña, la planta fue nuevamente legalizada algunos años más tarde, en la Segunda Guerra Mundial. A través de un filme llamado Hemp for Victory (Cáñamo para la Victoria), el gobierno estadounidense promovía su cultivo para usos bélicos. Con las fibras de la cannabis se fabricaban lonas, aparejos, velas navieras y otros pertrechos de guerra. Por supuesto, cuando terminó la contienda la prohibición fue nuevamente instaurada. Pero, para estas alturas, el discurso de Anslinger se había adecuado a las nuevas necesidades, aún a pesar de contradecir sus dichos anteriores. El padre del prohibicionismo recorrió 1948 afirmando que el uso de la marihuana provocaba que los consumidores fueran tranquilos y pacifistas. “A través del cannabis – decía Anslinger – los comunistas logran que los americanos pierdan el deseo de luchar”
Mientras Estados Unidos demonizaba al cannabis, en Europa la ilegalidad ya había hecho su entrada a partir de la iniciativa de Inglaterra. El plan inglés era usufructuar el consumo de marihuana en sus colonias de Asia y África, en donde estaba muy arraigado, mientras se reemplazaba paulatinamente por el tabaco y el alcohol. Sin embargo, las colonias no aceptaban los nuevos productos occidentales. En Egipto, el hachís (derivado de la cannabis) se convirtió en un símbolo de subversión contra el imperio, y lo mismo ocurría en Argelia, Túnez y Libia, por entonces colonias francesas. Hacia 1925, a solicitud de Inglaterra y con la firma de otras potencias de la época como Francia, Bélgica y España, el cáñamo ya era una sustancia controlada.
Alicia Castilla tiene algo más de cincuenta años, vivió una buena parte de su vida en Brasil y hace algún tiempo regresó a su natal argentina. Con los últimos pesos que salvó del corralito publicó Cultura Cannabis, un compendio de información sobre la marihuana que tiene como objetivo cambiar la percepción que tiene la sociedad acerca de su consumo. La idea de Castilla es desterrar el estereotipo del drogadicto sucio, enfermo y peligroso y demostrar que el uso de “plantas mágicas” es un recurso válido que, además, abre las puertas de la libertad. “La prohibición de la marihuana está en el subconsciente – explica en diálogo con Lea – La sociedad construye al demonio. Se dice que la marihuana es mala, pero el único mal que hace viene del mismo sistema. El único problema que puede tener quien fuma marihuana es saber qué hacer si va preso”. Según Castilla, la marihuana es una droga que está en contra del sistema. “En cambio – dice – la cocaína reverencia al sistema, te dice que tenés que trabajar más y que tenés que ganar más plata”.
Un etcétera azul
Si se trata de liberarse de las ataduras del sistema, no es casual que los artistas se sientan atraídos por la marihuana. Además, surge como la primera de las puertas que es posible abrir para derrumbar los límites establecidos, y a su facilidad de consumo se le agregan algunos datos que son la punta de lanza de quienes piden por su legalización: propiedades medicinales comprobadas, bajo o nulo nivel de adicción y efectos secundarios menos peligrosos que los provocados por el alcohol o el tabaco.
Una de las primeras referencias literarias que existen acerca de la marihuana pertenece al escritor francés Francois Rabelais (1494-1553) quien, en Gargantua et Pantagruelion, dice:
“Por el poder de esta hierba, las sustancias invisibles se dejan ver, tocar y como aprisionar. Con su fuerza y empuje, las grandes y pesadas muelas giran ágilmente para insigne provecho de la vida humana. Y me asombro de que el invento de este uso haya quedado por tantos siglos oculto a los antiguos filósofos, vista la utilidad inapreciable que procura, visto el trabajo intolerable que sin ella, por la retención de las corrientes aéreas, las naves pueden zarpar de los muelles y ser llevados al arbitrio de sus gobernantes. Gracias a ella, las naciones, que la naturaleza parecía conservar escondidas, vienen a nosotros y nosotros a ellas”.
Aunque no dice nada en sus libros, William Shakespeare (1564-1616) sería otro de los escritores que fumaron cáñamo antes de que su consumo se extendiera entre los intelectuales europeos. En 2000, un diario inglés publicó que se encontraron pipas de su pertenencia, con restos de marihuana.
La entrada de la cannabis en los círculos intelectuales europeos data de siglo XIX y fue una de las consecuencias de las invasiones francesas en África. Según Alicia Castilla, un decreto de Napoleón Bonaparte para prohibir el hachís en Egipto, resultó en el gesto necesario para llenar de curiosidad a los artistas de la vanguardia francesa. Napoleón había prohibido el consumo de hachís en aquel país - entonces dominado por Francia – porque quienes lo fumaban “pierden la razón y son tomados por delirios violentos”. No hizo falta mucho más para que Charles Baudelaire, Jean-Jacques Feuchère, Henri Monnier, Delacroix, Roger de Beauvoir y Teóphile Gauthier incursionaran en el mundo de la maría. Baudelaire escribió en el soneto "La vida anterior", los efectos del hachís. Gauthier contó su experiencia en Le club des hachischins:
“Mi cuerpo se disolvía y se hacía transparente. Dentro de mi cuerpo notaba el hachís como una esmeralda chispeante con miles de chispas de fuego. Mis pestañas se alargaron indefinidamente, como despegándose, como hilos de oro desde husos de marfil que giraban espontáneamente a toda velocidad”.
De la misma época es “Coin de tableau”, de Charles Cros (1842-1888), poema incluido en Le Coffret de Santal (1873) con el epígrafe “impresión de hachís”.
Entre los escritores franceses del siglo XIX, pocos incursionaron tanto en las drogas como Guy de Maupassant (1850-1893). Sin embargo, las dosis de hachís, opio, morfina y éter que consumía se debían a la recomendación médica para tratar sus enfermedades. Su compatriota, René Daumal (1908-1944), era consumidor de Tetracloruro de carbono, hachís y opio. A los 36 años murió tras una sobredosis de láudano.
La entrada del cáñamo en la Europa intelectual despide el siglo con Arthur Rimbaud (1854-1891), cuyo poema "Vocales" y un fragmento de las Iluminaciones, hacen clara alusión a la planta. Al final de su vida, el poeta francés utilizaba el hachís para calmar los dolores del cáncer.
Aunque los franceses fueron los más apasionados a la hora de incursionar en el uso de la cannabis, también sintieron interés los poetas ingleses Samuel Coleridge (1772-1834) y William Yeats (1865-1939). Coleridge, además, consumía opio y láudano. Yeats también fumaba opio y participó de experimentos psicológicos con mescalina, una sustancia extraída de ciertos tipos de cactus.
El caso de otro francés, Henri de Monfreid (1879-1974), es digno de destacar; no solo consumía el hachís (hecho documentado en su obra La croisiére du hachisch), sino que además lo traficaba durante sus viajes entre África y Europa.
A principios del siglo XX, el cáñamo comienza a aparecer entre los intelectuales de América. El escritor colombiano Porfirio Barba Jacob (1883-1942) fumó por primera vez marihuana en México, una noche en la cual un diluvio causó más de seis mil víctimas. Jacob era periodista y tuvo que cubrir la catástrofe. De aquella primera experiencia relató: "Yo celebré mis nupcias con la Dama de Cabellos Ardientes. Fue una noche de tormenta horrísona cuando la ciudad se había inundado hacia los barrios obreros y seis mil cadáveres pregonaban la inocencia de la catástrofe...". Barba Jacob es uno de los escritores latinoamericanos que más interés demostró por la marihuana, presente en sus poemas "La balada de la alegría", "La dama de los Cabellos Ardientes", "En la Muerte del poeta" y "Acuarimantima". En 1921, mientras era director de la Biblioteca Pública de Guadalajara, en México, recibió la visita del español Ramón del Valle Inclán. En la biografía que escribió el escritor colombiano Fernando Vallejo, se dan algunos detalles de este encuentro. "De esta visita dieron cuenta los periódicos; de lo que no la dieron fue de que el poeta y su ilustre huésped allí estuvieron fumando marihuana". En 1934, el periodista José Pérez Nuño entrevistó a Jacob en Tampica para el diario "La Tribuna" de México. Conociendo los escándalos que había provocado en muchos países por su consumo de marihuana, le preguntó qué sentía al fumar.
- Me siento una etcétera azul - respondió el colombiano.
La generación Beat
La simbiosis entre literatura y marihuana vivió su época de esplendor durante la década del cincuenta y a principios de los sesenta, con la aparición en Estados Unidos de un grupo de escritores que se conoció como la “Generación Beat”.
William Burroughs (1914-1997), Neal Cassady (1920-1968), Jack Kerouac (1922-1969) y Allen Ginsberg (1926-1998), entre otros, hicieron del consumo de todo tipo de sustancias (principalmente marihuana, mescalina y lsd) uno de los pilares de un movimiento contracultural que luego serviría de apoyo al advenimiento de la cultura hippie.
En El almuerzo desnudo, Borroughs relata sus experiencias con distintas sustancias y sienta las bases de la cultura de los junkies, los jóvenes que exploran sus mentes con el uso de todo tipo de psicotrópicos. El “beat” local, Miguel Grinberg, cuenta en Beat days (Galerna) que los hábitos de Burroughs lo llevaron a eludir el acoso de la Justicia en lugares equidistantes como México, Marruecos y Perú. Burroughs dejó una monumental obra en donde se destacan La máquina blanda y Nova Express.
El caso de Neal Cassady es algo diferente. Consumidor de marihuana y peyote, no publicó un solo libro mientras vivió (El primer tercio se publicó en forma póstuma) pero, según Grinberg, “disfrutó desenfrenadamente”. La vida de Cassady inspiró a los “beatniks”, los adeptos de la generación beat, y sus cartas fueron la clave para que Kerouac creara su prosa espontánea. Cuando Kerouac falleció, Cassady adhirió a una tribu psicodélica intinerante de Ken Kesey, autor de Atrapado sin salida.
Consumidor de marihuana y bencedrina, Jack Kerouac es el autor de En el camino, un libro emblema de los beats. Pero, aunque sus personajes recorren Estados Unidos acumulando experiencias y sensaciones, el verdadero viaje es hacia adentro. De esta forma, los límites legales y morales que rompen no tiene nada que ver con la rebeldía, sino con la esperanza de hallar algo en qué creer. Keoruac y los beats buscaban que Dios les mostrara su rostro, y la marihuana les daba los ojos necesarios.
En una carta que Miguel Grinberg reproduce en su libro, Allen Ginsberg escribe acerca de una nueva evolución del ser humano y dice que “la exploración del espacio es secundaria y sólo triunfante en limitadas áreas de conciencia; por cuanto una evolución o una exploración científica de la conciencia misma (cerebro y sistema nervioso) es la ruta inevitable del hombre”. En tiempos de los primeros pasos de la Revolución Cubana, Ginsberg descree de una Revolución que no construye una nueva sociedad lejos del viejo estilo de conciencia humana. “¿Cómo eludir la rigidez y la éstasis de conciencia cuando la mente del hombre es sólo palabras y sus imágenes son proyectadas continuamente en cada cerebro por la interconectada malla de radio, TV, diarios, telégrafos, discursos, decretos, leyes, teléfonos, libros, manuscritos?”, se pregunta, para luego reivindicar el derecho como poeta a usar marihuana. “Ninguna Revolución puede tener éxito si prosigue la puritana censura de conciencia impuesta al mundo por Rusia y los Estados Unidos – agrega - ¿Triunfar en qué? Triunfar en liberar a las masas de la dominación por los secretos Monopolistas de la comunicación”.
Jaqueados por la guerra de Vietnam, con el mundo partido bajo la tutela de las dos grandes potencias de la Guerra Fría y un mosaico de figuras emblemáticas elevandos voces de cambio, los escritores de la generación beat buscaban un nuevo hombre que nada tuviera que ver con aquél que había llevado las cosas tan lejos. La marihuana, el peyote, los hongos alucinógenos, el ácido lisérgico y la ayahuasca aparecían como medios necesarios para elevar las conciencas y destruir la vieja sociedad.
Pánico y locura
La generación beat y Timothy Leary (1920-1996) llevaron a una buena cantidad de jóvenes de los años sesenta a la búsqueda de la espiritualidad a través del consumo de drogas. Leary fue uno de los inspiradores de la revolución contracultural de la década. Psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard, escribió libros en donde alentaba el consumo de marihuana, lsd, hongos y mescalina para llevar a la sociedad occidental a un nuevo estadio espiritual. Sus obras La política del éxtasis (1968) y La psicología del placer (1969) consituyeron la base del movimiento hippie.
A Leary le pasa factura Hunter Thompson (1937-2005) en su novela Miedo y asco en Las Vegas (1971), llevada al cine en 1998. Tras relatar una estadía en la ciudad del pecado en donde la protagonista principal es una valija repleta de todo tipo de drogas, Thompson termina replanteando las enseñanzas de Leary. A diferencia de lo que ocurre con otros escritores, la experiencia alucinógena que relata Thompson en Las Vegas se emparenta con el caos, el delito y la violencia.
Tampoco tiene una visión optimista del tema el escritor colombiano Fernando Vallejo (n.1942) quien en El fuego secreto (1987) narra historias de droga y homosexualidad, en las calles y cantinas de Medellín y Bogotá. En El desbarrancadero vuelve a asociar a la marihuana con la homosexualidad. Esta vez, al personaje gay – fumador de marihuana – le espera el destino reservado para todos aquéllos que gozan de los placeres prohibidos: el Sida.
La asociación que Vallejo hace entre marihuana y marginalidad se aproxima bastante al mito del drogadicto que hoy prevalece en el imaginario social. Que la marihuana es la puerta de entrada al consumo de otras drogas más peligrosas, que quienes fuman son sucios y vagos, junto con otros saberes populares, dejaron a la cannabis sativa muy lejos de las intenciones que tenían aquellos primeros intelectuales franceses que la consumían con refinamiento y curiosidad estética. A pesar de los mitos, la realidad indica que fumar marihuana está lejos de ser un vicio de grupos aislados de violentos. Según estimaciones de Wilbur Grimson, ex titular de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR), el consumo de cannabis en la Argentina alcanzaría hoy al 10% de la población.
Entre los escritores locales, sin embargo, no parece ser una costumbre demasiado arraigada (ver recuadros). Las referencias a la marihuana no abundan y, de las figuras del Olimpo literario autóctono, sólo se sabe que Julio Cortázar (1914-1984), tras su divorcio de su primera mujer, cambió algunas de sus costumbres y adquirió nuevos hábitos, entre ellos, fumar cannabis.
Una de las razones posibles es que si bien se trata de una droga conocida desde hace siglos, recién en los últimos años experimentó en el país una expansión importante, sobre todo entre los jóvenes (Grimson estima que la mitad del 10% que fuma marihuana está constituida por personas de entre 16 y 20 años, es decir, unos dos millones de jóvenes). El estante de literatura contemporánea argentina es un sitio de las librerías que se reserva a escritores maduros. Para la escena local, un escritor joven tiene más de treinta años y quienes corren desde atrás apenas encuentran resquicios. De esta manera, los estudiantes de Letras que la revista Noticias descubrió fumando marihuana (ver Lea Nº32) en clase tendrán que esperar algún tiempo para dejar plasmadas en sus libros, implícita o explícitamente, sus experiencias con la planta. Es muy probable que, de existir tal cosa, la “literatura del porro” aparecerá en la Argentina recién en algunos años. Mientras tanto, serán solo referencias aisladas como las que ya han comenzado a surgir entre los nuevos narradores o entre escritores “modernos” como César Aira.
Aún así, Alicia Castilla dice que la droga que hoy usan los escritores y periodistas del mundo no es la marihuana, sino el prozac, un antidepresivo que libera la zona del cerebro en donde están alojadas las funciones del lenguaje.
De drogas sabe el ser humano desde sus orígenes, y también los animales que consumen ciertas plantas para alterar su conciencia; como los renos que comen hongos alucinógenos, o los yaguaretés que mastican las hojas de las lianas con las cuales los aborígenes del Amazonas preparan un brebaje mágico. Hombres y animales comparten una misma voluntad de quebrar los límites de la realidad con la colaboración del reino vegetal. Una extraña simbiosis que la literatura supo capitalizar para su desarrollo. Algo así como una escritura universal, hecha por hombres y plantas, escrita con sangre y con savia.
Sociología y representación literaria de las drogas
Por Adrián Melo
En un libro de sociología de la década del sesenta que forma parte de los clásicos, Erving Goffman utilizaba el término de estigmatizado para referirse a aquellos seres que, dentro de una sociedad dada no cumplían con los atributos corrientes y naturales que ésta determinaba para otorgar el estatus de normalidad. La primera referencia al término estigma lo encontraba entre los griegos quienes lo utilizaban para referirse a signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el status moral de quien lo presentaba. En las sociedades modernas Goffman menciona tres tipos de estigmas: las abominaciones del cuerpo o distintas deformidades físicas; los defectos del carácter del individuo que se perciben como falta de voluntad, pasiones tiránicas o antinaturales, creencias rígidas y falsas, deshonestidad (y cita como ejemplos perturbaciones mentales, reclusiones, adicciones a la droga, alcoholismo, homosexualidad, desempleo, intentos de suicidio y conductas políticas extremistas); y por último los estigmas tribales de la raza, la nación y la religión, susceptibles de ser transmitidos por herencia y contaminar por igual a todos los miembros de una familia.
Si se intenta buscar la representación social de la persona que toma marihuana en las sociedades contemporáneas, sin duda, el término estigmatizado es el más adecuado para ello. Es el marginal visto como enfermo o anormal a los ojos de la sociedad y que por sus propias deficiencias de carácter es proclive a caer en la locura, la paranoia, la muerte o ideas enfermas tales como el marxismo o el comunismo. Aquel que acumula los vicios que la sociedad no tolera.
Más rica es la búsqueda de las drogas –marihuana, hachís u opio- en las ficciones literarias, en donde aparecen como la posibilidad de poder pensar mundos paralelos o soñados, nuevas formas posibles de vivir distintas a las ya establecidas.
Una temporada en el infierno
Ya lo decía Arthur Rimbaud, un verdadero precursor de la búsqueda de la creatividad y del conocimiento por medio de las drogas:
“El primer paso del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, íntegro. Busca su alma, la vigila, la tantea, la estudia. En cuanto la conoce, debe cultivarla. Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se vuelve vidente por un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas del amor, del sufrimiento, de la locura; se busca a sí mismo, agota en sí todos los venenos para guardar solo la quintaesencia. Inefable tortura para la cual necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, y por la cual se convierte en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito, y el supremo sabio. Alcanza lo desconocido; y aunque enloquecido, terminara por perder la inteligencia de sus visiones, ¡igualmente las ha visto! Y que en su salto reviente por las cosas increíbles e inauditas...”
Esas cualidades de ensueño logradas a partir de diversas formas de depravación: drogas, alcohol y sexo, de venenos, libertinaje, droga y alquimia, son las que fascinaron al poeta Paul Verlaine (1844-1896) quien dejó mujer e hijos para ir tras el poeta de ojos azules y suelas de viento que tenía la capacidad de hacerlo volar.
Es a partir de “los vegetales franceses” como Rimbaud logra soñar con explorarlo todo, sentirlo todo y agotarlo todo. “Hay que reinventar el amor” le propone Rimbaud a Verlaine. La propuesta incluye la creación de nuevas y ardorosas ciudades en las que crezcan las nuevas flores, las nuevas formas de vivir y de amar que se contrapongan con los horarios impuestos, con la personalidad construida con base en la disciplina capitalista y la educación moderna.
Tras los pasos de Rimbaud marcharán los jóvenes estudiantes del mayo francés. Los deseos de abrazar al amor y al fusil, de hacer la revolución a la par que hacer el amor, de desabotonar el cerebro tan a menudo como la bragueta solo son plausibles bajo un París cubierto por un halo de humo ensoñador. Estos estudiantes, como los hippies, buscaran su iniciación literaria a la par que su iniciación en el mundo de las drogas. Como señala la novela de René Barjavel: todos los caminos conducen a Katmandú.
Mientras Inglaterra duerme
Muchos de los escritores que celebraron la comunión de los cielos y la tierra, es decir aquellos que pensaron la posibilidad del paraíso en la tierra recurrieron en la ficción al uso de drogas mágicas. Pensaba en el Sueño de una noche de verano , de William Shakespeare, y en aquel filtro mágico suministrado por Puck que logra unir y traer la felicidad de los amantes (¿de donde sale la idea de un vegetal capaz de trastocar los sentimientos que aparece en parte de la literatura de amor medieval?). Pensaba también en el sueño encantado y delirante de desnudos, sexo, duendes, actores de circo y reyes de otros mundos que viven en el bosque que aparecen en la obra shakespereana.
La posibilidad de pensar otros mundos y de rebelarse contra el status quo reinante aparece de manera clara en los libros de Lewis Carroll (1832-1898) inspirados en una niña que fuera uno de los amores imposibles de la vida del escritor: Alicia en el país de las maravillas y Alicia tras el espejo. Escritos bajo el influjo del opio, es esa droga la que permite explicar el desfile de personajes extravagantes y de bebidas y mágicos pasteles que permiten tan pronto agrandar como empequeñecer a la pobre Alicia.
Hace más de un siglo y medio Karl Marx (1818-1883) utilizó la metafora del opio para dar cuenta del efecto soporífero que las religiones producían sobre los seres humanos que los hacían resignarse a las condiciones miserables de existencia que vivían en la tierra en pos de un mundo celestial. Para Carroll el opio fue el medio de construcción de otro mundo con una lógica diferente que le permitía reírse de la moral represiva de su época (la recurrencia de pasajes de ojos que espian por diferentes cerraduras era escándaloso en la recatada vida victoriana que hacia tanto hincapie en la respetabilidad y la virtud de las vidas privadas) y en especial de la Reina Victoria, ridiculizada muy particulamente en la despótica y arbitraria Reina de Corazones.
*Ensayista y docente universitario. Autor de El amor de los muchachos (LEA).
En un libro de sociología de la década del sesenta que forma parte de los clásicos, Erving Goffman utilizaba el término de estigmatizado para referirse a aquellos seres que, dentro de una sociedad dada no cumplían con los atributos corrientes y naturales que ésta determinaba para otorgar el estatus de normalidad. La primera referencia al término estigma lo encontraba entre los griegos quienes lo utilizaban para referirse a signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el status moral de quien lo presentaba. En las sociedades modernas Goffman menciona tres tipos de estigmas: las abominaciones del cuerpo o distintas deformidades físicas; los defectos del carácter del individuo que se perciben como falta de voluntad, pasiones tiránicas o antinaturales, creencias rígidas y falsas, deshonestidad (y cita como ejemplos perturbaciones mentales, reclusiones, adicciones a la droga, alcoholismo, homosexualidad, desempleo, intentos de suicidio y conductas políticas extremistas); y por último los estigmas tribales de la raza, la nación y la religión, susceptibles de ser transmitidos por herencia y contaminar por igual a todos los miembros de una familia.
Si se intenta buscar la representación social de la persona que toma marihuana en las sociedades contemporáneas, sin duda, el término estigmatizado es el más adecuado para ello. Es el marginal visto como enfermo o anormal a los ojos de la sociedad y que por sus propias deficiencias de carácter es proclive a caer en la locura, la paranoia, la muerte o ideas enfermas tales como el marxismo o el comunismo. Aquel que acumula los vicios que la sociedad no tolera.
Más rica es la búsqueda de las drogas –marihuana, hachís u opio- en las ficciones literarias, en donde aparecen como la posibilidad de poder pensar mundos paralelos o soñados, nuevas formas posibles de vivir distintas a las ya establecidas.
Una temporada en el infierno
Ya lo decía Arthur Rimbaud, un verdadero precursor de la búsqueda de la creatividad y del conocimiento por medio de las drogas:
“El primer paso del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, íntegro. Busca su alma, la vigila, la tantea, la estudia. En cuanto la conoce, debe cultivarla. Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se vuelve vidente por un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas del amor, del sufrimiento, de la locura; se busca a sí mismo, agota en sí todos los venenos para guardar solo la quintaesencia. Inefable tortura para la cual necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, y por la cual se convierte en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito, y el supremo sabio. Alcanza lo desconocido; y aunque enloquecido, terminara por perder la inteligencia de sus visiones, ¡igualmente las ha visto! Y que en su salto reviente por las cosas increíbles e inauditas...”
Esas cualidades de ensueño logradas a partir de diversas formas de depravación: drogas, alcohol y sexo, de venenos, libertinaje, droga y alquimia, son las que fascinaron al poeta Paul Verlaine (1844-1896) quien dejó mujer e hijos para ir tras el poeta de ojos azules y suelas de viento que tenía la capacidad de hacerlo volar.
Es a partir de “los vegetales franceses” como Rimbaud logra soñar con explorarlo todo, sentirlo todo y agotarlo todo. “Hay que reinventar el amor” le propone Rimbaud a Verlaine. La propuesta incluye la creación de nuevas y ardorosas ciudades en las que crezcan las nuevas flores, las nuevas formas de vivir y de amar que se contrapongan con los horarios impuestos, con la personalidad construida con base en la disciplina capitalista y la educación moderna.
Tras los pasos de Rimbaud marcharán los jóvenes estudiantes del mayo francés. Los deseos de abrazar al amor y al fusil, de hacer la revolución a la par que hacer el amor, de desabotonar el cerebro tan a menudo como la bragueta solo son plausibles bajo un París cubierto por un halo de humo ensoñador. Estos estudiantes, como los hippies, buscaran su iniciación literaria a la par que su iniciación en el mundo de las drogas. Como señala la novela de René Barjavel: todos los caminos conducen a Katmandú.
Mientras Inglaterra duerme
Muchos de los escritores que celebraron la comunión de los cielos y la tierra, es decir aquellos que pensaron la posibilidad del paraíso en la tierra recurrieron en la ficción al uso de drogas mágicas. Pensaba en el Sueño de una noche de verano , de William Shakespeare, y en aquel filtro mágico suministrado por Puck que logra unir y traer la felicidad de los amantes (¿de donde sale la idea de un vegetal capaz de trastocar los sentimientos que aparece en parte de la literatura de amor medieval?). Pensaba también en el sueño encantado y delirante de desnudos, sexo, duendes, actores de circo y reyes de otros mundos que viven en el bosque que aparecen en la obra shakespereana.
La posibilidad de pensar otros mundos y de rebelarse contra el status quo reinante aparece de manera clara en los libros de Lewis Carroll (1832-1898) inspirados en una niña que fuera uno de los amores imposibles de la vida del escritor: Alicia en el país de las maravillas y Alicia tras el espejo. Escritos bajo el influjo del opio, es esa droga la que permite explicar el desfile de personajes extravagantes y de bebidas y mágicos pasteles que permiten tan pronto agrandar como empequeñecer a la pobre Alicia.
Hace más de un siglo y medio Karl Marx (1818-1883) utilizó la metafora del opio para dar cuenta del efecto soporífero que las religiones producían sobre los seres humanos que los hacían resignarse a las condiciones miserables de existencia que vivían en la tierra en pos de un mundo celestial. Para Carroll el opio fue el medio de construcción de otro mundo con una lógica diferente que le permitía reírse de la moral represiva de su época (la recurrencia de pasajes de ojos que espian por diferentes cerraduras era escándaloso en la recatada vida victoriana que hacia tanto hincapie en la respetabilidad y la virtud de las vidas privadas) y en especial de la Reina Victoria, ridiculizada muy particulamente en la despótica y arbitraria Reina de Corazones.
*Ensayista y docente universitario. Autor de El amor de los muchachos (LEA).
Opinan los escritores
Mejor estar lúcido
Por Diego Paszkowski
No creo que las drogas favorezcan la creación artística, sino más bien todo lo contrario. Suelo recomendar a mis alumnos que no las usen, y mucho menos para escribir: las oraciones y las escenas que en un estado parecen tener sentido, dejan de tenerlo cuando aquel estado se pierde. Creo que los grandes artistas son grandes artistas más allá del uso de drogas, e incluso a pesar de ellas. Hay muy buenos escritores (y músicos, pintores, etc.) que emplearon o emplean determinados estimulantes, la marihuana entre ellos, pero también el alcohol y las drogas duras, para aplicarse a su trabajo artístico; muchos otros, también muy buenos, no los emplean, lo que demuestra que los estimulantes no hacen la diferencia. Podría decirlo así: alguien que escribe mal, luego de fumar marihuana también escribirá mal. Uno de mis personajes de Tesis sobre un homicidio, el viejo abogado Roberto Bermúdez, es poco menos que alcohólico, y algunas de sus escenas están pobladas de las imágenes absurdas que produce el alcohol. Pero al momento de escribirlas yo no bebía, como él, whisky J&B, sino lo que bebía otro de mis personajes de la misma novela, el joven abogado Paul Besançon: tomaba té Earl Grey, de Twinings. Escribir ficciones consiste muchas veces en “engañar al lector”, en hacerle creer que algo que no es cierto en verdad existe. Y para eso, según creo, es mejor estar lúcido.
Diego Paszkowski nació en Buenos Aires, en 1966. Ganador del Premio de Novela del diario La Nación por Tesis sobre un homicidio (1999) y autor de El otro Gómez (2001). Dirige las colecciones "Nuevas Narrativas Argentinas" (Sudamericana) y “Narrativa Joven” (Libros del Rojas / Clásica y Moderna).
El pot eficaz
Por Luisa Valenzuela
Habría que hablar de la marihuana y su circunstancia, porque no todo es fumarse un porrito y ponerse a escribir. Ojalá fuera así la cosa, en cuyo caso yo no estaría sufriendo más la falta de impulso que siento ahora, el conocido bloqueo.
Como cada novela encuentra su tiempo, y hasta su hora del día para ser escrita, hubo una que encontró su sustancia, su base de asentamiento, valga la paradoja cuando de humo se trata. Porque se acababa la famosa década del 60, seguía la guerra en Vietnam, estábamos confinados - un grupo grande de escritores - a una universidad del Medio Oeste norteamericano con una espléndida beca para escribir pero la neurosis ambiente ganaba la partida. Eso sí, no había fiesta o reunión informal donde no circulara el pot. Amenizaba las veladas. No por eso los sudamericanos dejaban de hablar de la muerte, tema que creí ajeno a mis preocupaciones inmediatas hasta que empezaron a fluir –no encuentro mejor palabra—unos textos que al principio me resultaron extrañísimos y después exhilarantes, llenos de humor negro y felices morbosidades. Obra que concluí en Buenos Aires y acabó llamándose El Gato Eficaz. No quiero decir con esto que escribía fumada, todo lo contrario. Ni siquiera sé si se puede. Quiere decir que la marihuana, en ese tiempo y lugar, me abrió una compuerta hacia zonas inesperadas de mi cerebro a las que me fascinó acceder. No me disgustaría volver allí, pero sé que ese allí ya no existe, fue una conexión más de las que se arman para generar una obra determinada y después se cierran, no tanto por agotamiento sino porque todo se transforma y no hay sustancia que valga.
Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires. Su extensa obra comprende: Hay que sonreír, El gato eficaz, Como en la guerra, Cola de lagartija, Novela negra con argentinos, Realidad nacional desde la cama y La Travesía, entre otras novelas, ensayos y cuentos.
Las buenas compañías
Por Vicente Battista
Que arroje la primera piedra quien nunca haya fumado un porro. Aunque sólo fuese por curiosidad, en algún momento de nuestra vida estuvimos en una rueda de amigos compartiendo ese cigarrito armado minutos antes. Se trataba de darle una pitada profunda y luego pasarlo a nuestro vecino o vecina. Una ceremonia colectiva que se parece mucho al rito del mate: también se pasa de mano en mano, se respetan los turnos y se toma con la certeza de que la vamos a pasar bien. No es casual que yerba sea uno de los nombres de la marihuana.
A la hora de escribir suelo buscarme buena compañía. Invariablemente están conmigo Mozart, Miles Davis, Bach, Piazzolla, Vivaldi, Troilo, John Coltrane y Charlie Haden. También preparo una pipa cargada con Balkan Sobraine o mezcla parecida y el termo con el mate. Las palabras tienen música y secretamente las Variaciones Goldberg, Adios Nonino o Kind of blue ayudan a mejorar esa música. Por su parte, la pipa y el mate me ayudan a pensar.
Una tarde de hace muchos años decidí incorporar la marihuana a ese grupo de colaboradores. Lo hice por curiosidad. Baudelaire y sus Paraísos Artificiales, todo el láudano bebido por los románticos, Kerouac y Bukowski, para no abundar en ejemplos, avalaban mi decisión. Armé un porro y luego de varias pitadas comencé a viajar. Puse papel en la máquina (aún no se conocían las PC’s) y me dispuse a volcar mi experiencia. Fue lamentable. No pude articular una sola frase coherente. Había ingresado en ese especial grado de estupidez a la que te llevan la droga y el alcohol mal bebido. No estaba en condiciones de crear nada; ni siquiera contar la experiencia de ese instante. Habían desaparecido la música de las palabras y el placer de un buen tabaco. Tiré lo que quedaba del porro al inodoro, regalé la marihuana que me sobraba y desde entonces continúo trabajando, escribiendo, en compañía de la buena música, el buen tabaco y la buena yerba, pero no la que se vende en secreto sino la que se puede comprar en cualquier almacén o supermercado.
Vicente Battista nació en Buenos Aires, en 1940. Su primer libro de cuentos, Los muertos (1967), fue premiado por la Casa de las Américas y el Fondo Nacional de las Artes. Es autor de Siroco (1985), El final de la calle (1992), Sucesos Argentinos (1995) y Gutiérrez a secas (2002), entre otros.
Fuera de la lógica
Por Dalmiro Sáenz
La marihuana es incursionar dentro del pensar, entrar en un mundo mágico que genera una inteligencia nueva. La inteligencia es la capacidad de relacionar cosas al servicio de un objetivo. En Palo Alto, California, que es el grupo humano que más se ha ocupado del pensar, confían mucho en la timba de la vida, en el azar. Por eso, no les interesa que la gente sepa mucho, sino que piense. Esa timba de las posibilidades y de las ideas es el idioma de la marihuana. La especie humana le debe al alcohol o la marihuana una maravillosa cantidad de ideas que nos liberan de una estructura de pensamiento. Uno progresa con cualquier cosa que se escapa de la inercia cultural. Por eso los artistas son personas tan difíciles, que tienen conflictos con sus parejas o consigo mismos, y que terminan en la locura o el suicidio. Tienen el coraje de desafiar la inercia cultural. Los pueblos felices no tienen arte; el arte nace del enfrentamiento. La grandeza del hombre viene del caos y la marihuana es un caos que uno puede meter dentro del orden. Pero, tiene mala prensa porque el poder no la puede encasillar. La marihuana se va por fuera de la lógica. El arte se nutre del caos, pero eso no significa que la cosa caótica de por sí tenga caos. Tiene que haber intención de algo, y la marihuana es algo que uno toma la decisión de usar. A mí no me gusta nada para coger, porque es un gozo parecido a la masturbación, donde no compartís mucho. De todas las drogas, es la menos erótica. Pero la marihuana es liberación. El hombre desea ser libre, pero tiene miedo porque la libertad tiene su dictadura y su prepotencia. Sin embargo, cuando el hombre se equivoca por excesos es mejor que cuando se equivoca por defecto. Que se pase de vivo en la búsqueda de cosas, es la grandeza del hombre.
Entre mis alumnos, la marihuana se usa. Pero también he visto gente que escribe con éxtasis, y era como una especie de marihuana más mansa. Yo creo que cualquier droga es ideal para escribir, pero solo si alguien supiera la cantidad exacta que necesita. En ese caso, la marihuana, el éxtasis o la cocaína pueden ser maravillosas. Entre no tomar nada y tomar una droga, siempre es mejor la droga. Cualquier cosa que te alborote es bueno.
Dalmiro Sáenz nació en Buenos Aires en 1926. Su libro de cuentos, Setenta veces siete, ganó el Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un best-seller. Publicó No, El pecado necesario, Carta abierta a mi futura ex mujer, Yo también fui un espermatozoide, Las boludas y La Patria equivocada, entre otros.
Apología del arte
por Alexis Leiva
“Y te snifan la cabeza, una y otra vez, una y otra vez”... drogas y más drogas. Es una cuestión de larga data. Lo malo de las drogas es el exceso. Lo malo de todo vicio es el exceso... Los sabios griegos tenían a la prudencia como una cualidad superior, y en esto quiero centrar mi análisis de las drogas y la literatura.
Para escribir literatura no es necesario ningún estupefaciente, pero también es cierto que las drogas y su consumo vicioso son una realidad. Los artistas consumen drogas en igualdad de proporción que cualquier otra persona de la humanidad, ni más ni menos. Un arquitecto puede ser un fucking drogón y por eso no es menos ni más arquitecto. Un medico puede consumir drogas indiscriminadamente y no por eso es menos medico. Un artista, dijo don Wilde, puede contarlo todo. En el sentido del arte, es tan valido que un escritor escriba sobre cosas moralmente aceptadas como no. Y en este mismo sentido, las drogas como las miserias humanas, (gracias Oscar, otra vez) son materiales para un artista. Lo importante es no ser hipócritas con respecto a esto. Si aceptamos que un escritor hable de un asesino o violador sin que por esto nos horroricemos, deberíamos actuar de la misma forma con un escritor que cuente sobre las peripecias desafortunadas o no de un adicto.
Las drogas son un tema absolutamente personal en el plano de lo moral. Cada uno es dueño de arruinarse la vida como más le guste. Pero en un artista, esto no debería ser una razón para degradar su arte en el sentido estético. Todo artista que por causa de las drogas (y entiéndase que al decir “drogas” hablo de las legales como de las ilegales) lastima su estilo y su obra, comete un grabe pecado contra las musas.
Esta moda de la vida sana que nos impera, falla cuando de esta misma vida sana se hace un exceso. Cuando se desprecia irracionalmente la libertad de experimentar otras sensaciones que nos permitan aperturas a otros planos de la realidad, nos vemos inmersos en un vaciamiento hasta lo anodino de lo que es la totalidad de la vida.
La vida es amplia y tiene millones de matices, y los artistas deberían estar siempre a la vanguardia de las cosas, yendo al frente para volver y contar lo que se vio allá adelante. Pero de cada artista depende la capacidad o el aprendizaje de encontrar un equilibrio, una prudencia sin la cual estaríamos atacando al arte en vez de favorecerla.
Muchos de mis personajes son consumidores de drogas, pues con esto demuestran su capacidad de experimentar y buscar en los rincones prohibidos. También son grandes observadores de sus propias miserias y defectos, pero siempre con la intención de bucear en la naturaleza humana... hasta en los rincones más oscuros.
Con esto intento hacer apología solamente del arte y no de las drogas. Pero que las hay las hay... snif, snif.
Alexis Leiva es autor de Grietas. Su blog es http://grietas-protohumano.blogspot.com
Por Diego Paszkowski
No creo que las drogas favorezcan la creación artística, sino más bien todo lo contrario. Suelo recomendar a mis alumnos que no las usen, y mucho menos para escribir: las oraciones y las escenas que en un estado parecen tener sentido, dejan de tenerlo cuando aquel estado se pierde. Creo que los grandes artistas son grandes artistas más allá del uso de drogas, e incluso a pesar de ellas. Hay muy buenos escritores (y músicos, pintores, etc.) que emplearon o emplean determinados estimulantes, la marihuana entre ellos, pero también el alcohol y las drogas duras, para aplicarse a su trabajo artístico; muchos otros, también muy buenos, no los emplean, lo que demuestra que los estimulantes no hacen la diferencia. Podría decirlo así: alguien que escribe mal, luego de fumar marihuana también escribirá mal. Uno de mis personajes de Tesis sobre un homicidio, el viejo abogado Roberto Bermúdez, es poco menos que alcohólico, y algunas de sus escenas están pobladas de las imágenes absurdas que produce el alcohol. Pero al momento de escribirlas yo no bebía, como él, whisky J&B, sino lo que bebía otro de mis personajes de la misma novela, el joven abogado Paul Besançon: tomaba té Earl Grey, de Twinings. Escribir ficciones consiste muchas veces en “engañar al lector”, en hacerle creer que algo que no es cierto en verdad existe. Y para eso, según creo, es mejor estar lúcido.
Diego Paszkowski nació en Buenos Aires, en 1966. Ganador del Premio de Novela del diario La Nación por Tesis sobre un homicidio (1999) y autor de El otro Gómez (2001). Dirige las colecciones "Nuevas Narrativas Argentinas" (Sudamericana) y “Narrativa Joven” (Libros del Rojas / Clásica y Moderna).
El pot eficaz
Por Luisa Valenzuela
Habría que hablar de la marihuana y su circunstancia, porque no todo es fumarse un porrito y ponerse a escribir. Ojalá fuera así la cosa, en cuyo caso yo no estaría sufriendo más la falta de impulso que siento ahora, el conocido bloqueo.
Como cada novela encuentra su tiempo, y hasta su hora del día para ser escrita, hubo una que encontró su sustancia, su base de asentamiento, valga la paradoja cuando de humo se trata. Porque se acababa la famosa década del 60, seguía la guerra en Vietnam, estábamos confinados - un grupo grande de escritores - a una universidad del Medio Oeste norteamericano con una espléndida beca para escribir pero la neurosis ambiente ganaba la partida. Eso sí, no había fiesta o reunión informal donde no circulara el pot. Amenizaba las veladas. No por eso los sudamericanos dejaban de hablar de la muerte, tema que creí ajeno a mis preocupaciones inmediatas hasta que empezaron a fluir –no encuentro mejor palabra—unos textos que al principio me resultaron extrañísimos y después exhilarantes, llenos de humor negro y felices morbosidades. Obra que concluí en Buenos Aires y acabó llamándose El Gato Eficaz. No quiero decir con esto que escribía fumada, todo lo contrario. Ni siquiera sé si se puede. Quiere decir que la marihuana, en ese tiempo y lugar, me abrió una compuerta hacia zonas inesperadas de mi cerebro a las que me fascinó acceder. No me disgustaría volver allí, pero sé que ese allí ya no existe, fue una conexión más de las que se arman para generar una obra determinada y después se cierran, no tanto por agotamiento sino porque todo se transforma y no hay sustancia que valga.
Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires. Su extensa obra comprende: Hay que sonreír, El gato eficaz, Como en la guerra, Cola de lagartija, Novela negra con argentinos, Realidad nacional desde la cama y La Travesía, entre otras novelas, ensayos y cuentos.
Las buenas compañías
Por Vicente Battista
Que arroje la primera piedra quien nunca haya fumado un porro. Aunque sólo fuese por curiosidad, en algún momento de nuestra vida estuvimos en una rueda de amigos compartiendo ese cigarrito armado minutos antes. Se trataba de darle una pitada profunda y luego pasarlo a nuestro vecino o vecina. Una ceremonia colectiva que se parece mucho al rito del mate: también se pasa de mano en mano, se respetan los turnos y se toma con la certeza de que la vamos a pasar bien. No es casual que yerba sea uno de los nombres de la marihuana.
A la hora de escribir suelo buscarme buena compañía. Invariablemente están conmigo Mozart, Miles Davis, Bach, Piazzolla, Vivaldi, Troilo, John Coltrane y Charlie Haden. También preparo una pipa cargada con Balkan Sobraine o mezcla parecida y el termo con el mate. Las palabras tienen música y secretamente las Variaciones Goldberg, Adios Nonino o Kind of blue ayudan a mejorar esa música. Por su parte, la pipa y el mate me ayudan a pensar.
Una tarde de hace muchos años decidí incorporar la marihuana a ese grupo de colaboradores. Lo hice por curiosidad. Baudelaire y sus Paraísos Artificiales, todo el láudano bebido por los románticos, Kerouac y Bukowski, para no abundar en ejemplos, avalaban mi decisión. Armé un porro y luego de varias pitadas comencé a viajar. Puse papel en la máquina (aún no se conocían las PC’s) y me dispuse a volcar mi experiencia. Fue lamentable. No pude articular una sola frase coherente. Había ingresado en ese especial grado de estupidez a la que te llevan la droga y el alcohol mal bebido. No estaba en condiciones de crear nada; ni siquiera contar la experiencia de ese instante. Habían desaparecido la música de las palabras y el placer de un buen tabaco. Tiré lo que quedaba del porro al inodoro, regalé la marihuana que me sobraba y desde entonces continúo trabajando, escribiendo, en compañía de la buena música, el buen tabaco y la buena yerba, pero no la que se vende en secreto sino la que se puede comprar en cualquier almacén o supermercado.
Vicente Battista nació en Buenos Aires, en 1940. Su primer libro de cuentos, Los muertos (1967), fue premiado por la Casa de las Américas y el Fondo Nacional de las Artes. Es autor de Siroco (1985), El final de la calle (1992), Sucesos Argentinos (1995) y Gutiérrez a secas (2002), entre otros.
Fuera de la lógica
Por Dalmiro Sáenz
La marihuana es incursionar dentro del pensar, entrar en un mundo mágico que genera una inteligencia nueva. La inteligencia es la capacidad de relacionar cosas al servicio de un objetivo. En Palo Alto, California, que es el grupo humano que más se ha ocupado del pensar, confían mucho en la timba de la vida, en el azar. Por eso, no les interesa que la gente sepa mucho, sino que piense. Esa timba de las posibilidades y de las ideas es el idioma de la marihuana. La especie humana le debe al alcohol o la marihuana una maravillosa cantidad de ideas que nos liberan de una estructura de pensamiento. Uno progresa con cualquier cosa que se escapa de la inercia cultural. Por eso los artistas son personas tan difíciles, que tienen conflictos con sus parejas o consigo mismos, y que terminan en la locura o el suicidio. Tienen el coraje de desafiar la inercia cultural. Los pueblos felices no tienen arte; el arte nace del enfrentamiento. La grandeza del hombre viene del caos y la marihuana es un caos que uno puede meter dentro del orden. Pero, tiene mala prensa porque el poder no la puede encasillar. La marihuana se va por fuera de la lógica. El arte se nutre del caos, pero eso no significa que la cosa caótica de por sí tenga caos. Tiene que haber intención de algo, y la marihuana es algo que uno toma la decisión de usar. A mí no me gusta nada para coger, porque es un gozo parecido a la masturbación, donde no compartís mucho. De todas las drogas, es la menos erótica. Pero la marihuana es liberación. El hombre desea ser libre, pero tiene miedo porque la libertad tiene su dictadura y su prepotencia. Sin embargo, cuando el hombre se equivoca por excesos es mejor que cuando se equivoca por defecto. Que se pase de vivo en la búsqueda de cosas, es la grandeza del hombre.
Entre mis alumnos, la marihuana se usa. Pero también he visto gente que escribe con éxtasis, y era como una especie de marihuana más mansa. Yo creo que cualquier droga es ideal para escribir, pero solo si alguien supiera la cantidad exacta que necesita. En ese caso, la marihuana, el éxtasis o la cocaína pueden ser maravillosas. Entre no tomar nada y tomar una droga, siempre es mejor la droga. Cualquier cosa que te alborote es bueno.
Dalmiro Sáenz nació en Buenos Aires en 1926. Su libro de cuentos, Setenta veces siete, ganó el Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un best-seller. Publicó No, El pecado necesario, Carta abierta a mi futura ex mujer, Yo también fui un espermatozoide, Las boludas y La Patria equivocada, entre otros.
Apología del arte
por Alexis Leiva
“Y te snifan la cabeza, una y otra vez, una y otra vez”... drogas y más drogas. Es una cuestión de larga data. Lo malo de las drogas es el exceso. Lo malo de todo vicio es el exceso... Los sabios griegos tenían a la prudencia como una cualidad superior, y en esto quiero centrar mi análisis de las drogas y la literatura.
Para escribir literatura no es necesario ningún estupefaciente, pero también es cierto que las drogas y su consumo vicioso son una realidad. Los artistas consumen drogas en igualdad de proporción que cualquier otra persona de la humanidad, ni más ni menos. Un arquitecto puede ser un fucking drogón y por eso no es menos ni más arquitecto. Un medico puede consumir drogas indiscriminadamente y no por eso es menos medico. Un artista, dijo don Wilde, puede contarlo todo. En el sentido del arte, es tan valido que un escritor escriba sobre cosas moralmente aceptadas como no. Y en este mismo sentido, las drogas como las miserias humanas, (gracias Oscar, otra vez) son materiales para un artista. Lo importante es no ser hipócritas con respecto a esto. Si aceptamos que un escritor hable de un asesino o violador sin que por esto nos horroricemos, deberíamos actuar de la misma forma con un escritor que cuente sobre las peripecias desafortunadas o no de un adicto.
Las drogas son un tema absolutamente personal en el plano de lo moral. Cada uno es dueño de arruinarse la vida como más le guste. Pero en un artista, esto no debería ser una razón para degradar su arte en el sentido estético. Todo artista que por causa de las drogas (y entiéndase que al decir “drogas” hablo de las legales como de las ilegales) lastima su estilo y su obra, comete un grabe pecado contra las musas.
Esta moda de la vida sana que nos impera, falla cuando de esta misma vida sana se hace un exceso. Cuando se desprecia irracionalmente la libertad de experimentar otras sensaciones que nos permitan aperturas a otros planos de la realidad, nos vemos inmersos en un vaciamiento hasta lo anodino de lo que es la totalidad de la vida.
La vida es amplia y tiene millones de matices, y los artistas deberían estar siempre a la vanguardia de las cosas, yendo al frente para volver y contar lo que se vio allá adelante. Pero de cada artista depende la capacidad o el aprendizaje de encontrar un equilibrio, una prudencia sin la cual estaríamos atacando al arte en vez de favorecerla.
Muchos de mis personajes son consumidores de drogas, pues con esto demuestran su capacidad de experimentar y buscar en los rincones prohibidos. También son grandes observadores de sus propias miserias y defectos, pero siempre con la intención de bucear en la naturaleza humana... hasta en los rincones más oscuros.
Con esto intento hacer apología solamente del arte y no de las drogas. Pero que las hay las hay... snif, snif.
Alexis Leiva es autor de Grietas. Su blog es http://grietas-protohumano.blogspot.com
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